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sábado, 16 de mayo de 2015

RETAZOS DE CULTURA GUANCHE-IV




Según el Dr. Juan Bethencourt Alfonso, en: Historia del Pueblo Guanche

Recopilado por Eduardo P. García Rodríguez


Ya dijimos en el Tomo I que el nombre genérico de magos que damos a los cam­pesinos, es porque rendían culto a Magec.


9 Era sagrado el fuego que procedía de Magec, como el rayo, relámpago, el ob­tenido por frotamiento de dos maderos, el doméstico y en una palabra el que no tuvie­ra su origen en Chinechi o infierno. Y hoy como antes, sigue siendo sagrado. No hay campesino que se atreva a injuriarlo, ni escupirlo. Aunque hacen hogueras en San Juan, San Pedro y otros días del año, para muchos la fecha y el santo es el pretexto,
como en las famosas hogueras de Chirche y Aripe de Guía, porque en el fondo van de­ dicadas a Magec.

10 En todos los reinos tenían señalados estos diferentes lugares para las diferen­tes épocas del año, que nos hace pensar si estarían en relación con los cambios del Sol.
En el reino de Güímar, uno de los puntos era la montaña de Archaco, y para el clero de Arafo unas veces el Roque de Chiguergue, otras al de Jóquina, ya al de Iserse o a montaña de «Arguama o Montaña Santa» en Igueste.

En el reino de Abona, hacia Fasnia; a la «Montaña Santa» o de Fasnia, ya a la «Montaña de la Gloria» en Icor, o al «Llano Santo» al E. de Chajaña de Arico; y por las partes de Granadilla, a la «Montaña Santa».

Por el reino de Adeje, al «Roque de Jama», etc.

Aún en los pueblos del Sur se oyen las frases, aunque ya en sentido irónico: «¡Vete a buscar el Sol!»; «Éste es de los que van a buscar el Sol»; y todavía es bastan­te conocida la broma que gastan con los de Arafo llamándolos «cancos» y diciéndoles que vayan a buscar el sol.

'' En ciertos sitios tenían emplazados estos píreos, como tres que descubrimos en 1875 en Franchoja, sobre el caserío de Adeje, uno de ellos intacto. Es o era de pie­dra seca en forma de cono truncado, de un metro de altura por otro de diámetro en la superficie libre, con un hoyo o brasero en el centro de 1/2 metro de hondo. Encerraba ceniza, brasas, fragmentos de leña y de huesos calcinados al parecer de cabrito, cubier­to el todo con una gruesa piedra.
En otro de los píreos, medio derruido como el tercero, hallamos dos tahonas de obsidiana mezcladas con las cenizas y trozos de hueso calcinados, que también nos pa­reció de cabrito, así como caída una laja que reputamos sirvió de piedra ara y de tapa­dera. Estas particularidades, no encontradas en el anterior, parece confirmar la tradi­ción de que unas veces degollaban las víctimas antes de quemarlas y otras las arroja­ban a la pira, vivas con las patas atadas «para que los balidos fueran oídos por la divi­nidad».

La montaña de Cerrogordo, sobre el caserío de La Guancha, era igualmente lugar elegido para estos sacrificios. Por el Poniente y al pie de dicha montaña tenían los guanches un oratorio, que aún es conocido por la Iglesia de los guanches, de donde es legendario salían como en procesión hacia la cima para sacrificar las víctimas en el sitio que denominan el Chamurraco, por chamusquina; como también es legendario que en el gran monolito de los altos de Fasnia, conocido por la «Piedra de Imoque», sacrificaban reses a los dioses.

Estos sacrificios eran generales en todo el Archipiélago.
Ocupándose Marín y Cubas del Almogaren de Humiaga de la isla de Canaria dice: « ... aún allí hay tres braseros donde quemaban de todo fruto, menos carne, y por el humo si iba derecho o ladeado hacían su agüero sobre un paredón a modo de altar de grandes piedras y enlosado lo alto del monte».

Y refiriéndose a las islas de Lanzarote y Fuerteventura, observa: «Son rudísimos pertinaces en su secta. Tienen templos, donde hacen sacrificios con humo de cosas que queman, como no sea carne sino cebada, dátiles...

En los sacrificios ofrecían leche, manteca, menos carne. Estas fiestas o sacrifi­cios llamaban efequenes.

De todos los frutos a modo de limosnas recogen cierta porción, mas no en forma de diezmos; quemaban cebada en el sacrificio y por el humo derecho o ladeado juzga­ban la forma de mal o bien».

Aparte de este efequen llamaban, no a los sacrificios sino al templo u oratorio y del visible interés de Marín y Cubas en puntualizar que quemaban de todo menos carne, creemos sufrió un error o no investigó bastante, según nuestros informes. Ade­más, sería una excepción inexplicable dentro del Archipiélago.

En 1874 descubrimos en la Fortaleza, en Chipudes de la isla de La Gomera, los referidos píreos, como más tarde publicamos en la Revista de Canarias. Contenían asimismo cenizas, brasas y numerosos huesos calcinados de cabritos y corderos.
Por lo que hace a la isla de El Hierro existen los píreos a docenas por el Júlan, la Dehesa, etc., conocidos en el país por los significativos nombres de altares, altaritos, hornitos, o goros de las víctimas, conteniendo cenizas, brasas y huesos calcinados de corderos y cabritos; siendo en la isla tradición universal de que en dichos altares sacri­ficaban los bimbapes en holocausto de sus divinidades corderos y cabritos. En la isla de La Palma no hemos hecho investigaciones personales, (sobre píreos) pero presumi­mos no sea tampoco una excepción.

Atendiendo a la edad probable de las víctimas por el estudio de los huesos, a las épocas de desarrollo del yerbaje y de cubrición de los ganados, calculamos que la ma­yoría de estos sacrificios los celebraban entre Diciembre y Marzo.

12 Este célebre árbol hallábase situado donde llaman la Fuente, en el Valle de San Lorenzo de Arona; valle que ha sido también conocido por el Ahijadero y de Cha-cacharte.
Su misma fama hizo que sirviera a veces de término de referencia en el reparto de tierras, como en las donadas a Pedro Cornado y Juan de Junquera, de unos trozos «de tierra de sequero que son en el reino de Adeje al Ahijadero en Arana al drago santo...» (Datas. Libro 5.» y 3.°, por. testimonio).

Esta forma de culto idolátrico era general en el Archipiélago.
Escudero, Cedeño y otros autores dicen que los indígenas de la isla de Canaria adoraban y juraban por los riscos de Tirma y de Umiaga, añadiendo además Marín y Cubas que adoraban cuevas, bosques, etc.

Los bimbapes de la isla del Hierro, aparte de su veneración por el célebre Garoe o «Árbol Santo», adoraban dos peñascos en Bentáyca, aún conocidos por los Canti­llos', uno el Eraoranhan, ídolo del sexo masculino, y el otro, Moreyba, el ídolo de las mujeres.
Los naturales de la isla de la Palma adoraban un elevado monolito, situado en La Caldera, que apellidaban Idafe, al que sacrificaban las asaduras de las reses.

13 Uno que hemos examinado del farmacéutico del Puerto de la Cruz Dn. Ramón Gómez, encontrado en 1885 en una cueva del barranco de Erques de Fasnia, (6) envuel­to en pieles como todos los hallados, es un poco más pequeño, pero aunque es de la fa­milia se trata de un guatimac o séase como dice el vulgo, «del muñeco de barro» que a guisa de pectoral llevaban colgado al cuello los sacerdotes guañameñes y samarines.

No hace quince años que un pastor de Arona, iconoclasta como todos nuestros paisanos, destruyó un ídolo que descubrió en el Roque de Igara; y la descripción que nos hizo coincide con la referida. Esto mismo nos lo han confirmado muchos que los han tenido en sus manos o hallados, como el venerable anciano cura de San Pedro Daute, Dn. Juan Alonso; Dn. Pedro Carlos Ledesma, de Güímar; Dña. Estebana Gar­cía, de Igueste de Candelaria; Dn. José González y Dn. Agustín Trujillo, de Arona, como pueden atestiguarlos los tres últimos que aún viven; y que citamos porque todos ellos son de abolengo guanche por ambas líneas y muy versados en las tradiciones de la raza.

Por otra parte, abrigamos la convicción de que todas las islas eran idólatras en el sentido restrictivo que damos a la palabra y por lo tanto que tenían ídolos, pero que no se hizo este estudio a su debido tiempo. Varias personas dignas de fe de la isla del Hierro, nos aseguran haberlos encontrado de piedra, cerca de la Iglesia de los bimbapes, una cueva en Valverde, así como de la de Afotasa o de la Pólvora, que también fue templo de los indígenas. Aún lleva el nombre de Iglesia de Minguama una cueva en San Sebastián de La Gomera, templo de los indígenas donde adoraban un ídolo.

Por lo que respecta a la isla de Canaria los testimonios son antiguos y modernos.
Bocaccio, refiriéndose al viaje que hizo a dicha isla en 1.341 Angiolino del Tegghia, dice:
«Encontré igualmente un oratorio o templo, en el cual no había absolutamente ninguna pintura ni adorno, tan sólo una estatua de piedra, representando la imagen de un hombre con una bola en la mano y desnudo, con un delantal de hojas de palma, que cubría las partes naturales según la costumbre de los habitantes; la que quitaren de allí; y habiéndola embarcado, la transportaron a Lisboa.

Andrés Bernáldez (El cura de Los Palacios), en su Historia de los Reyes Católi­cos, refiere:
«En la Gran Canaria tenían una casa de oración llamada Toriña, e tenían allí una imagen de palo, tan luenga como media lanza, entallada, con todos sus niervos, de mujer desnuda con sus miembros defuera y delante de ella una cabra de un made­ro entallada, con su figura de hembra que quería concebir, y tras de ella un cabrón entallado de otro madero, puesto como que quería sabir a engendrar sobre la cabra. Allí derramaban leche y manteca parece que en ofrenda o diezmo o primicias e olía aquello allí mal a leche o manteca».
El historiador Dn. Gregorio Chil envió a la Exposición de París un idolillo tam­bién encontrado en dicha isla de Canaria, «representando un cuerpo que descansa sobre las alas, teniendo otras dos por brazos, y cabeza humana» a otro idolillo, que remitió a la indicada Exposición Mr. Verneau. ¡Es decir, en el Archipiélago no han faltado los ejemplares de ídolos, sólo que asusta la palabra!

14   Las cuevas santuarios de la isla dedicadas a estas divinidades tutelares y a las
diosas eran numerosas, varias de las cuales por sus actuales nombres nos recuerdan la
aplicación que le dieron los guanches: la Cueva Santa próxima a la Hoya del Drago
entre el mar y la cumbre de San Andrés, y la Cueva Santa del Valle Vega, en la parte
alta del Valle de Tahodio, ambas en Sta. Cruz; la Cueva del Santo, en Valle de Guerra;
la Cueva Santa junto al barranco de Sieteojos en El Realejo; la Iglesia de los
guanches, en Chuagrí, encima del poblado de La Guancha; la Cueva de Los Santos en
Bujamé (Vid. obrita de Díaz Dorta) y el Oratorio del Rey, en Masca, ambas en Bueña-
vista; la Cueva Santa en Barqueto cumbre de Chirche entre Guía y Valle Santiago; la
Cueva
de La Virgen, una en barranco de Tejina, otra en el de Tedera y una tercera en
el barranco del Infierno, todas en Adeje; la Cueva de la Iglesia, en el Roque de Jama,
en el Valle de San Lorenzo de Arona; la Iglesia de los guanches en el Picacho y
Cueva de La Virgen en el barranco de este nombre, hacia las cumbres de Arico; la
«Cueva de La Virgen», una en Pinogordo y otra en Arapo, ambas en Fasnia; la Cueva
de la Iglesia, en el pico Añeja o de tió Marcial, cumbre de Güímar; la Iglesia de los
guanches o Cueva del templo, en Ajeja de Igueste, al pie de montaña de Arguama (que
según tradición enlucían con ceniza y agua y los ídolos o santitos eran de barro), y la
Cueva Santa
, más tarde de San Blas, ambas en Candelaria.

Asimismo es legendario que sirvieron de templo:
La Cueva del Pajonal, en el barranco de Chajarche de Candelaria, en donde tam­bién se dice eran de piedra los santitos con un gran medio corral de atrio; la «Cueva del Tiro del Guanche», la Cueva de Sámara, en la Santidad, en los más elevado de la Cumbre; así como la Cueva de Chinguaro. También hemos oído que el Barranco de los Santos, en Sta. Cruz, le vino el apelativo no de un apellido como creen algunos sin fundamento, sino de una cueva que encerraba dos de estos santitos.

15   Dice este fraile dominico, cuya Religión (Orden) se hizo cargo de la imagen
algunos lustros después de la conquista:
«Yendo dos naturales por aquellas costas repastando el ganado, habiendo de pasar por aquella playa, llegando el ganado que por la playa iba derramado a la boca del barranco, se espantó, y no queriendo pasar se remolinaba.

El uno de los dos pastores creyendo que su ganado se espantaba porque sentía gente y pensando que fuesen algunos naturales que le querían robar y saltear su ga­nado como lo tenían por costumbre de hurtarse unos a otros, para certificarse pasó  adelante y mirando hacia aquella parte del barranco vido la Santa Imagen que estaba en pie sobre una peña; y como persona que de semejantes visiones estaba deshusada, no sin pavor se le puso a considerar y parecióle (porque tenía un niño en brazos) ser mujer, aunque extrañó el traje y el color».

«Y porque entre ellos era costumbre que si topaban alguna mujer a solas y en lugar solitario no la hablaban porque incurrían en pena de muerte, le hizo señas para que se apartase, porque su ganado que remolinaba tuviese lugar de pasar. Pero como la Imagen no hiciese movimiento alguno, ni respondiese palabra, amohinóse el pastor y acudió a sus acostumbradas armas, que eran piedras, y asiendo de una levantó el brazo, fuese para amenazarla o para tirarle con ella, y así como levantó el brazo yendo a desembrazar para hacer un tiro, se le quedó yerto y extendido sin poderlo ro­dear. El otro compañero habiendo visto lo que pasaba y no quedando escarmentado, cobrando atrevimiento de que no había mudamiento ni voz y de que aunque hablaba al bulto o Imagen no respondía, quiso hacer una experiencia, aunque a costa suya, y ver si era cosa viva; y llegando cerca con más miedo que vergüenza tomó una tahona, que es una piedra prieta y lisa como azabache, que herida una con otra se hacen rajas y quedan con filo como navajas con que sangran y sajan; tomando, pues, esta piedra se llegó a la Santa Imagen para quererle cortar un dedo de la mano por satis­facer su ignorancia y ver si sentía, y poniendo el dedo de la Imagen sobre el suyo y comenzando a cortar en él, hallóse el necio burlado porque la herida se daba a sí propio en sus dedos, sin hacer daño a la mano de la Santa Imagen; y siendo aún por­fiado y pertinaz (porque era necio), probó otra vez, más aíale a cuentas, porque sus dedos estaban corriendo sangre de las heridas que el propio sin querer se daba y los de la Santa Imagen quedaron libres y sanos sin señal alguna.

Conocedor del suceso el rey de Güímar y personado en el lugar en que estaba la Imagen, admirado «de ver el resplandor que de su rostro y vestidos salían y la majes­tad que representaba», dispuso fuera trasportada a su corte en Chinguaro; pero todos desconfiados por lo acontecido, «ninguno osó echarle mano ni llegarse a ella para abrazarla recelándose no le aconteciese lo que a los pastores; y así mandó el rey que pues ellos habían hecho la primera experiencia acometiesen a hacer la segunda y echasen mano para llevarla. ¡Rodeábalo Dios así para que la gloria de su madre se manifestase y en opinión y estima el pueblo gentil se confirmase! Llegan los dos pasto­res, el uno manco de los dedos de la mano y el otro del brazo, y en poniendo sus manos y tocando la Santa Reliquia para haberla de alzar (¡cosa milagrosa!) queda el uno y el otro de sus lesiones sanos y buenos con grande admiración de los presentes, que con voces y silbos aplaudían el hecho y gratificaban y agradecían el beneficio recibido».
Ante este prodigio ordenó el rey no se acercaran a la imagen ningún siervo, para él con los proceres conducirla en hombros. Pero habiendo andado espacio de un tiro de escopeta, poco más, con ser la Imagen liviana y ellos hombres de muchas fuerzas «fue tanto el peso y carga que los que la llevaban sintieron, que les fue forzoso parar y pedir ayuda y socorro; y por aquesta razón en este propio lugar, después de que la isla fue de cristianos habiendo sabido este caso, fundaron una pequeña ermita que llamaron del ¡Socorro!... Pues siendo socorridos y ayudados, tornaron a proseguir su camino hasta llegar a la morada del rey... donde en un canto de la morada, sobre unas pieles de cabras y ovejas (que otras alfombras ni doceles tenían) la pusieron».
A tan fausta novedad acudieron todos los reyes de la isla y convinieron «... que aquello debía ser alguna cosa del cielo y como tal fuese reverenciada»... y que se le diera «aposento por sí, porque con el humo de las teas que encendían en la casa del rey no se percudiese, ni con la frecuencia de tratarla se le perdiese el respeto».
Propuso el rey de Güímar al de Taoro «que partiesen el año y que la mitad del estuviese aquella mujer en su reino de Taoro y la otra mitad en el suyo de Güímar donde había aparecido»... pero Betzenuhya declinando tanto honor contestó: «Será más razón que yo y mis vasallos vengamos de nuestras casas a servirla, que no ella vaya a visitamos a nosotros».

Según fray Alonso de Espinosa, 40 ó más años estuvo en Chinguaro la imagen rodeada de un ambiente maravilloso de aires perfumados, iluminaciones nocturnas y músicas angelicales, hasta que un muchacho de 14 años llamado Antón, del que nos ocupamos en el capítulo II del Tomo I, logró escaparse del Sr. de Lanzarote, Hernán Peraza, después de siete años de cautiverio y enteró a los guanches de que aquella era «la madre del Sustentador del cielo y tierra», y es en «la que los cristianos tienen puestas sus esperanzas»; trasladándola por su consejo al santuario de Achbinico en Candelaria, donde fue conducida por la isla entera con el mayor entusiasmo.

Y añade fray Abreu Galindo: «Cuentan los guanches naturales de esta isla que nuestra señora obraba grandes y muchos milagros... por lo cual los naturales y sus reyes de la isla dieron un hombre y una mujer como santeros que tuviesen cuenta de limpiar y servir a esta imagen»; lo que equivale a decir que tenían sacerdotes y sacer­dotisas dedicados a un culto.

Afirma fray Alonso de Espinosa de que en la plaza de Candelaria, como en las demás lugares en que estuvo la imagen, siguieron los guanches oyendo «muchas veces armonías del cielo y músicas celestiales y visto muchas lumbres encendidas a modo de procesión»... «Eran las procesiones que los ángeles hacían así por la playa donde la Santa Imagen estaba como por la del Socorro donde apareció, muy ordinarias, así de noche como de día, con mucha solemnidad, gran armonía y música de voces suavísi­mas; con muchedumbre de compañía que, con velas encendidas, puestas en orden y concierto hacían su procesión... y esto era tan ordinario que ya no lo extrañaban los naturales».

¿Y cómo lo habían de extrañar si eran los mismos guanches los que hacían las procesiones? Aún las celebraban ocultamente un siglo después de la conquista, en tiempos del propio fray Alonso de Espinosa, no ya por Candelaria y El Socorro sino por Arona y otros puntos. La diosa Abona, por ejemplo, fue descubierta por los con­quistadores en 1514, es decir, 17 años después de la conquista, según se deduce del testamento otorgado en 25 de Junio del referido año por Pedro Hernández de la Vera, vecino de La Laguna, ante el escribano público Alonso de Llerena, en el que declara:
«... que por cuanto acababa de llegar de las playas de los Abrigos de Abona, en Daute, a donde fue a velar la imagen de Nuestra Señora que allí apareció, manda se dé para la obra de la iglesia que allí, se hiciese, un potro ruano que tiene en sus ye­guas y dos peones» y nada tiene de particular ignoraran la existencia de esta otra diosa, conocida oficialmente después por «Nuestra Señora de La Luz», aunque los fie­les siguieran denominándola de Abona, porque el territorio donde apareció estaba en su mayor parte en poder de los alzados, como dijimos en el Tomo I, con tal cual nú­cleo fortificado como Tijoco, Tamadaya, etc., y era por lo tanto mucho menos fre­cuente.
Por esto en la formación de los Beneficios curados de la Diócesis, según consta en las Constituciones Sinodales del obispo D. Fernando de Arce, años de 1514 y 1515, mejor dicho en los 74 mandatos de un manuscrito conservado en el archivo secreto de la catedral de Canaria, que conoció Viera y Clavijo, refiriéndose a las Bandas de Chas-na dice:
«Otrosí en los términos de Adeje y Abona, donde ahora no hay población reco­gida, e los vecinos de los dichos términos están muy desparramados, porque el nove­no de los diezmos de los dichos términos no bastarían para dar mantenimiento a cura clérigo; estatuimos e ordenamos que de todos los diezmos de los dichos términos e de toda la masa de ellos, se saque ante todas cosas diez mil maravedíes de la moneda de esta Isla e quince hanegas de trigo, para el mantenimiento de un clérigo cura que diga Misas y ministre los Stos. Sacramentos a los moradores de los dichos términos de Adeje y Abona...». Debemos advertir que por dicho tiempo tan extenso territorio pertenecía nominalmente al Beneficio de Daute, « ... desde la Cuesta de Cristóbal de Ponte, donde están las Cuevas, adelante... hasta la Marca de Abona», es decir, desde Daute hasta barranco de Erques en Fasnia.

Nada tiene pues de extraño que los conquistadores pasaran tanto tiempo sin tener conocimiento de la diosa Abona, como tampoco que los guanches siguieran a escondi­das rindiéndole culto según su liturgia, como nos da testimonio de ello el mismo fray Alonso de Espinosa, que declara:
«En la playa que dicen de Abona, que será de cuatro leguas desta de Candela­ria, hacia la montaña Roja, se vían también ordinariamente estas procesiones, princi­palmente por la fiesta de la Asunción de nuestra señora; y esto es tanta verdad que agora en estos tiempos personas que las han visto se van a la dicha playa y hallan velas de cera acabadas de apagar, y algunos las han hallado encendidas y pegadas a los riscos, y me enseñaron el lugar e yo lo vide. Y así en esta playa como en la de Candelaria se halla por la orilla del mar gran cantidad de gotas de cera, que de las procesiones que los ángeles hacen en honra de la Candelaria gotean; y yo doy fe que las he hallado y visto y las tengo en mi poder y oído a otras muchos lo propio...
Las candelas o velas que en esta playa se hallan no son muy blancas, mas el pá­bilo no se deja entender de que sea, porque ni es estopa ni algodón, antes en alguna manera parece de seda blanca torcida...».
Estas procesiones con iluminarias, música, cantos y demás ceremonias religiosas de que estaban enterados los conquistadores y que celebraban los guanches no ya con el mayor sigilo sino negándolo, unido a los panes, velas y gotas de cera con otras hue­llas que encontraban por las playas, dada la época de exaltación piadosa compréndese lo reputaran a milagro, máxime no existiendo en la isla colmenas, aunque sí abejares salvajes; y tan inexplicable y sobrenatural les pareció el fenómeno, que levantaron acta testimonial para que constara a todo tiempo, como lo prueba el siguiente instrumento público:
«In nomine Domini. Amen, Sepan cuantos este público instrumento de Fe vieren. Como en la Villa de San Cristóbal que es en la Isla de Tenerife, Domingo, veinticinco días del mes de Junio, Año del nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo de mil y
cuatrocientos y noventa y siete años, en presencia del muy virtuoso caballero Alonso de Lugo, Gobernador de las Islas de Tenerife y La Palma, por el Rey y Reina nuestros señores.
En presencia de mi, Fernando Alvarez, canónigo de la Iglesia de Canaria, por la autoridad Apostólica público notario y de los testigos que de yuso serán escritos sus nombres. Pareció presente el honrado y discreto varón Antonio de Arévalo, conti­nuo criado de los Reyes nuestros Señores, E dijo que por cuanto en esta dicha Isla se decía de público y era notorio un milagro que de cada un año acontecía, de aparecer cierta cantidad de cera fecha en panes de veinte años a esta parte, en un cierto térmi­no desta dicha Isla, que por ende pedía y pidió al dicho señor gobernador mandase tomar testigos dignos de fe para certificación del dicho milagro... E luego en conti­nente el dicho Antonio de Arévalo presentó por testigo a Pedro Fernández y a Diego Fernández e Alonso Sánchez de Morales, naturales de la isla de Fuerteventura, e ve­cinos desta isla de Tenerife, e Gonzalo Méndez, castellano, e Pedro Maninidra e Pedro Mayor naturales de la isla de Gran Canaria, e Pedro Ervás, e Ibone de Armas vecinos de la dicha isla de ¡a Gran Canaria, que agora están y habitan en ésta de Te­nerife.

Los cuales dijeron, e cada uno de ellos dijo, cómo era verdad que cada año se-yendo esta isla de infieles, que venían a ella los fieles cristianos que moraban en estas islas comarcanas, a ésta en navios para saltear, e tomar de los canarios llama­dos guanches que aquí vivían. Y que como descendían en aquella parte que se dice Goymar, que es en esta dicha isla, que fallaban la dicha cera y la llevaban, y la tenían y tienen en gran reliquia y veneración. E los dichos Pedro Fernández... dijeron que de cudijo, que a las veces parecía de diez o doce libras, y otras veces quince y veinte li­bras.
Y que saben que este presente año pareció cantidad de veinte libras y más. Y que los dichos Pedro Fernández, y de cuatro años a esta parte han visto la dicha cera en la dicha isla... E los dichos Pedro de Ervás e Ibone de Armas dijeron: que hay veinte años, poco más o menos, que saben e vieron traer la dicha cera a muchas personas. Y todos dijeron y cada uno de ellos dijo que a las veces Diego Fernández y Alonso Sán­chez de Morales, y Pedro Maninidra y Pedro Mayor fueron en fallar este presente año, cuatro o cinco días antes de la purificación de Nuestra Señora La Virgen María. Y que han oído decir a muchas personas que las han fallado, que siempre por este tiempo se falla y parece... E que este presente año fueron más de veinte personas pre­sentes cuando pareció , que habían ido en busca de esclavos de vecinos que se habían ausentado, e que así pasa en verdad... E yo el dicho Fernando Alvarez, notario suso­dicho, e infraescripto, doy fe... Y que este presente año al tiempo que se fallo la dicha cera, no había candelas para decir misa, ni para bendecir el día de la purificación de Nuestra Señora La Virgen María. Por cuanto en esta isla no hay colmenas para sacar cera, sino la traen de la gran Canaria, por ser esta dicha isla nuevamente ganada de manos de infieles... E yo el dicho notario, que al presente sirvo por cura en esta dicha isla hube y recibí doce libras de la dicha cera; y así otras tantas fice haber al Mayor­domo de la iglesia para celebrar el culto divino, de la cual yo di cierta cantidad al muy reverendo en Cristo, padre y señor, Dn. Diego de Muros, obispo destas dichas islas e obispo de Canarias, que aquí vino a visitar esta dicha isla e iglesia della. El cual envió de la dicha cera a Santa María de Guadalupe y a otras iglesias del dicho su obispado para que la tuviesen en reliquia. A lo cual todo lo dicho es, fueron presentes por testigos los honrados varones Fernando de Trujillo, lugarteniente de go­bernador en esta dicha isla, y Pedro Metías, y otras muchas personas... Ferd. Alvarí , Apostolicum notarius».

Es verdad de que en la isla no habían colmenas pero sí millares de abejares sal­vajes, al extremo de que a raíz de la conquista fuera un arbitrio municipal, como diji­mos en el Tomo I. También Marín y Cubas dice que «no tuvieron colmenas sino miel silvestre de abejeras enriscadas»; y nos cita un asalto de Alonso de Lugo en Tenerife, por Icod, como se refiere en el cap. II del Tomo I, en el que se apoderó de velas de cera, cirios, etc. de fabricación guanche. Además al tratar de las industrias indígenas veremos que sabían labrar la cera, aunque de un modo rudimentario.

Y para concluir con este particular observaremos, que las velitas de cera que aún se distribuyen a los romeros en la festividad de la Virgen de Candelaria, son de igual tamaño si bien más blancas, que las que usaban los guanches en las procesiones y fes­tividades de su diosa Chaxiraxi', y que el pábilo de las referidas velitas, que según fray Alonso de Espinosa « ... no se deja entender de que sea, porque ni es estopa ni algo­dón, antes en alguna manera parece de seda blanca torcida», es muy sabido que lo confeccionaban de la película de la planta vulgarmente llamada chajora, como lo hemos ensayado con éxito.

¡Tal vez si en el instrumento público citado hubieran tomado testigos guanches y no extranjeros, descubren la verdad!

16   Hacían estos rosarios con cuentas de arcilla cocida de forma de pequeños ci­
lindros, de uno a dos y medio centímetros de largos, adornados a veces con rayitas,
otras de forma de diminutos discos y hasta del tamaño de aljófar, enhiladas en cuerdas
de tripas; de las que existen numerosos ejemplares en el Museo Municipal.

Hay que desechar las hipótesis de que los tales rosarios fueran un sistema de enumeración, ni una representación gráfica a manera de escritura como el quipu de los peruanos o el nepohualtzitzin de los mejicanos ni objetos de adorno, como collares o gargantillas, pulseras, etc., pues los guanches eran muy celosos en la observancia de sus leyes suntuarias, y el hecho de usarlos lo mismo nobles que siervos, como lo hemos comprobado en centenares de necrópolis, nos revela que esa igualdad sólo po­dían tolerarla estando consagrada por un fin religioso.

La tradición vulgar llamándolos rosarios porque les servían para sus rezos, le han dado su verdadero nombre.

17   El obispo D. Francisco Martínez Cisneros, entre otros mandatos para el lugar
de Adeje en 1.605, conminaba con multas... y prohibía «las reuniones de varones y
hembras a velar a los moribundos, así como de hacer procesiones (léase rogativas)
fuera del lugar en mucha distancia, de lo cual se siguen... muchas deshonestidades
entre hombres y mujeres quedándose a dormir por los campos o quedándose atrás en
las dichas procesiones en los barrancos y lugares escondidos...».
18   «Los quejidos de la coruja, la tristeza del alcairón y un murciélago en las
casas, barruntan desgracias».

El canto del peroluis augura muerte. Por esto en los pueblos del Sur al oírlo, dicen: «¿A quien se irá a llevar?». «Cuando el papagayo (ave del país) canta en las cercanías de un enfermo, anuncia muerte; como también una bandada de cuervos que se pose en las inmediaciones», los perros aullando, etc.

Si por la noche se ve un tajos (ave) en puntos próximos a la casa en que haya un cadáver de cuerpo presente, «es señal segura de que el xaxo va camino de Chineche».
Hemos tratado a uno de estos visionarios de Chirche, Guía, que él con otros
vieron muchas veces un xaxo «salir echando chispas de una cueva del barranco de
los Ovejeros en dirección a la de Sámara», hasta que el célebre animero tío Roque, de
la Vega de Icod, logró con un conjuro meterlo por la boca del Teide.

La civilización ha transformado el xaxo arrimado de los guanches en ánima arrimada y al hechicero o samarín en animero, con ligeras variantes en los procedi­mientos; pero lo que no ha variado, ni siquiera en los nombres, son las Cuevas de Sá­mara ni el Infierno.

20  Derívase este nombre de las cuevas denominadas Sámaras donde parece te­
nían algo así como seminarios.
Aún es célebre la Cueva de Sámara, en las cumbres de los caseríos de Arguayo y Chío, en Guía; y sobre todo la Cueva de Sámara que se extiende algunos kilómetros, según se cree, desde la Montaña de Las Negras junto al Teide a 2 ó 3 kilómetros, hasta el puerto de San Marcos en Icod. Se dice que comunica con dicho subterráneo el con­vento Agustino de Icod.

Existen varios lugares en la isla que llevan el apelativo de Samarines porque éstos vivieron en ellos:
Playa y Cueva de Samarines, entre Candelaria y El Socorro de Güímar, y Ba­rranco y Salto del Samarín, cerca de la Cueva de San Blas, en Candelaria; Salto y Fuente del Samarín en el monte de La Esperanza, El Cosario; El Samarín, próximo a Chinguaro, Güímar (Doct0.); El Salto del Samarín, en el Lomo de Valeria, en Fasnia; Casa del Samarín, junto al Morro del Tagoro, casco de Granadilla; y Salto del Sama­rín, sobre Los Frontones también en Granadilla; Cueva del Samar o Samarín, en Aldea de San Miguel; Salto de Samarines, al naciente de Cruz Cambada, en Chasna; Cueva del Samarín ya más conocida de Los Machines, en Valle San Lorenzo, Arona; Samarines, frente a Hoya Grande y Cuevas del Samarín en las Cuevas del Miedo en Tejina, la primera en Adeje y la segunda en Guía.

21   Hasta fines del primer tercio del siglo pasado, en los pueblos del Sur eran co­
nocidos los curas con el nombre genérico de babilones y particularmente los frailes
mendicantes, de los que se conservan aún refranes alusivos a su costumbre de pedir,
como por ejemplo.

«¡Ahí vienen los babilones, apretar bien los zurrones!», es decir, llenarlos bien.
22  (Vid. Tomo I, pp. 112, 131, 294).

anotaciones
(1) En este punto Bethencourt Alfonso, al ser coherente con su teoría del origen ibérico de la población guanche, comete un error histórico al considerar esculturas guanches las imágenes religiosas de la Virgen de Candelaria, la de Abona, etc. En cualquier caso fue una opción teórica que él eligió consciente y plenamente informa­do; para confirmar esto basta leer el anexo documental del Tomo I, donde se incorporó la respuesta dada por D. José Rodríguez Moure ante el informe emitido por Campbell sobre el origen de la antigua escultura de la Virgen de Candelaria. En la conocida obra del presbítero Rodríguez Moure, podemos encontrar la traducción que él hace de la in­formación dada por el Padre Andrade y el Obispo D. Bartolomé García Jiménez acer­ca de las inscripciones que bordeaban la túnica de la primera escultura de La Candela­ria. (Vid. «Historia de la devoción del pueblo canario a Ntra. Sra. de Candelaria». Santa Cruz de Tenerife, 1913; pág. 62).

(2)    Repetimos lo dicho en la nota anterior y recordamos que las investigaciones
histórico-artísticas hechas en torno a la primitiva imagen de La Virgen (morena-negra)
de La Candelaria, demuestran lo erróneo de la afirmación hecha por Bethencourt Al­ fonso. La aparición de la Virgen de Candelaria a los guanches en las playas de Chimisay se vincula a los primeros momentos de conquista y evangelización de las Cana­ rias. Para algunos autores esa aparición de la imagen se pudo haber realizado en torno al periodo 1390-1392; sin embargo otros autores retrasan la fecha hasta 1400-1450.
(3)   
Pero de lo que no cabe duda es que la citada escultura tenía características góticas yprocedía del continente europeo. Para el profesor Hdez. Perera, esta imagen de LaCandelaria, no la podemos seguir vinculando desde el punto de vista artístico con laimaginería mariana mallorquína del siglo xiv; sin embargo debemos contemplar unposible origen en el sentido de: «... momento decisivo para Castilla fue la llegada delas corrientes flamencas propagadas por Haneuin de Bruselas, Egas Cuentan y JuanAlemán en el primer tercio del siglo xv». (Jesús Hernández Perera. «Precisiones sobrela escultura de La Candelaria venerada por los guanches de Tenerife» en Anuario deEstudios Atlánticos. Madrid-Las Palmas: C.S.I.C.-Casa de Colón, 1975; pág. 62).
(4) Ya hemos comentado que el profesor Alcina Franch ha dedicado muchos
años a desarrollar su tesis trasatlantista, donde se consideran las similitudes culturales existentes entre el ámbito mediterráneo-africano, el archipiélago canario y el mundo americano. Dentro de esas similitudes destacan la presencia del asa-vertedero, la figu­ rillas femeninas perniabiertas, las pintaderas, los cuencos trípodes; así como la realiza­ ción de prácticas de momificación.

(5)    En esta descripción, nuestro autor, llevado de su interés por la cultura guan-
che realiza una transposición en el tiempo, cargando las tintas en la idea idílica de esteritual propiciatorio.
(6)    Esta costumbre del día de finados tiene, a nuestro parecer, más relación con
el sistema de previsión, para la vida en el más allá, utilizado por los creyentes católi­
cos a lo largo de todo el Antiguo Régimen en Canarias que con una posible supervi­vencia guanche.
(7)    Este idolillo fue publicado en el Tomo I, de la Historia del Pueblo Guanche.
(8)    Fuente.





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