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jueves, 28 de mayo de 2015

La necrópolis de La Guancha: treinta años después.


Leonilo Molina Ramírez y Jesús Quesada Medina

Este sábado, 15 de julio, se cumple el 30 aniversario de un acontecimiento que supuso un soplo de libertad y esperanza para Gran Canaria. El 15 de 1976, cerca de 2.000 personas participaban en una manifestación, reivindicando la protección de nuestro patrimonio histórico. Jóvenes galdenses habían conseguido movilizar a la sociedad grancanaria para que denunciara la situación de abandono en la que se encontraba la necrópolis de La Guancha. Artistas como Tony Gallardo, Martín Chirino, Pepe Dámaso y Jane Millares secundaron la convocatoria, uniendo sus voces a los de una multitud de jóvenes llegados desde todos los puntos de la geografía insular. Cuando aún se sentía la presencia del régimen franquista y se presentía la llegada de la democracia, Gáldar se levantó para exigir el cuidado y conservación de su patrimonio arqueológico, y con ella se levantó toda la isla. Banderas canarias con las siete estrellas verdes, pancartas, mucha ilusión y deseos de cambio se crecían al grito de “La Guancha Canaria, la Gáldar Milenaria”.


Ahora, treinta años después de aquella manifestación, hito histórico en su momento, en la que se reivindicaba un trato digno para el yacimiento prehispánico de la necrópolis de La Guancha; el paso del tiempo –la desidia, quizá– se han encargado de evidenciar el escaso, o nulo, efecto que tuvo aquélla. Eso es, al menos, lo que se desprende de observar el estado actual, de todos y cada uno de los yacimientos reconocidos en Gáldar. Coincidiendo con el aniversario de aquella manifestación, de la que se hizo eco la prensa local de la época, hemos realizado un recorrido por todos los yacimientos prehispánicos que se “conservan” en el municipio, sin otro objeto que contemplar si el transcurso del tiempo hizo caer en el olvido la reivindicación que, entre otras consignas, coreaba: Que me limpien, que me limpien, que me limpien El Agujero. En cuanto a ésta, transcurridos los treinta años, todavía mantiene la vigencia, ahora más si cabe, pues no sólo se respira suciedad y abandono en el de El Agujero, también sucede de igual manera en el resto de los yacimientos sembrados por la costa de Gáldar, comprendida entre El Frontón y El Juncal.
En la prensa de la época, concretamente en el vespertino Diario de Las Palmas del día 15 de julio de 1976, firmado por Antonio Cardona Sosa, se puede leer, con respecto a dicho asunto, entre otras cuestiones, lo siguiente: (...) Cuando hace unos meses nos desplazamos allí, la impresión sentida fue de desplome e indignación. Unas piedras que han formado el hueco donde hombres canarios tuvieron su última sepultura estaban cruzadas, separadas por una pista, rodeados de “cajones” de cemento. Más abajo, y a la izquierda de la misma pista, otro grupo de sepulturas se presentaba cubierto por una vegetación introducida que allí se plantó no sabemos con qué fines pero, eso sí, desfigurando el originario aspecto. Además, convertido en un basurero, como parte de lo que ya habíamos visto. A la derecha, otros dos túmulos donde es evidente la diferencia en la construcción, se insistió en un detalle muy significativo: las paredes de los túmulos, como otras de viviendas antiguas que hemos visto, se hace a base de la habilidad de quienes las construían –como aún se ha mantenido en Fuerteventura– evitando el calzarla con pequeñas lajas o guijas, normalmente unas sobre otras buscando el asentamiento adecuado. Se atribuyen éstos a lo que se hizo cuando la película Tirma, ella allá por 1964, como parecido sucedió en Cuatro Puertas de Telde y en Las Moradas de Tejeda, a la izquierda de la bajada para Los Roques. Tras estos vestigios de Gáldar, prehispánicos, modernos o trasladados para conservar los originales –que también se apunta como posible– está el mayor de La Guancha, donde aún se pueden ver pequeños trozos o partes de restos humanos y las sepulturas cuyas paredes mayores ya denotan el paso de tanta gente que por allí ha hollado (...).

Hasta aquí, la cita literal de lo que se comentó y describió en relación con la necrópolis de La Guancha. Treinta años después, nosotros queremos comenzar nuestra ruta, precisamente en ella. Pretendemos comprobar, in situ, qué mejoras le ha deparado al yacimiento la toma de consciencia de otorgar importancia a la conservación de nuestro patrimonio, con el transcurso del tiempo.
Así pues, la primera etapa en nuestro recorrido por parte del patrimonio arqueológico galdense, se localiza en la Necrópolis de La Guancha que, recordemos, fue la que motivó en su día la ya citada manifestación. Lo primero que se nos presenta a la vista, sin entrar en excesivo detalle, es su estado de abandono, con la sola excepción del vallado perimetral que, en alguna zonas del mismo, se ha sustituido por la corrosión a la que lo somete el ambiente marino de la zona. No olvidemos (quizá resulte ocioso recordarlo), nos encontramos en la playa de El Agujero. Así, la acción de la brisa marina, y su efecto corrosivo, es una constante que incide sobre todos aquellos materiales susceptibles de sufrir dicho efecto. Es el caso también, aparte del referido vallado, de los soportes de los distintos paneles informativos localizados en el interior del recinto, por la naturaleza del material que los conforma, presas de la misma corrosión. Tanto que, en algunos casos, incapaces de soportar su acción, yacen tirados por el suelo.

Es cierto que, en honor a la verdad, los túmulos, en cuanto a la suciedad que soportan, si nos atenemos a los datos que se citaron, procedentes de la información de la época, están mucho más limpios que hace treinta años. Al menos, tras su vallado y el cierre de las puertas de acceso, resulta más difícil poder entrar a depositar basura, cuando no otras sustancias de desecho pues los túmulos, suplieron durante muchos años la ausencia de baños públicos en la zona. Por cierto, el trascurso del tiempo ha hecho que éstos sigan sin ser una realidad; pero se trata de otro asunto, que no es objeto de nuestra ruta de hoy. Aunque, por estar en su mayoría en buen estado, hemos mencionado la dificultad para acceder al interior del recinto, esto no es estrictamente cierto porque, bien por el deterioro del muro que soporta un vallado en una zona, bien por no estar enganchada más que a un soporte, en otra el acceso es, a pesar de lo expuesto, posible.

Según la crónica de la época, de la que hoy recordamos su treinta aniversario, la carretera que cruzaba el terreno, dejando a ambos lados los túmulos, se trasladó fuera del recinto vallado y, por aquello de darle un toque de vegetación, plantaron palmeras a lo largo del camino que coincide con la valla, que por su estado de conservación, podemos asegurar, sin miedo a equivocarnos, que no van a ser presas del picudo rojo.

A pesar de poseer la correspondiente instalación de riego localizado, alguien no localiza la válvula que permite que fluya el agua, por lo tanto, las palmeras permanecen a expensas de la lluvia que, a la vista del estado deplorable que presentan, debe ser bastante escasa.
El acceso principal no desentona con el resto del conjunto. Para llegar hasta la puerta hay que superar una escalinata de cantería de Gáldar que, a pesar del escaso número de visitantes que la transitan, ya muestra un evidente estado de deterioro; el mismo que soporta el cartel anunciador, metálico, que sustituyó al anterior de madera, observable en la fotografía que acompañaba al artículo de la época, ya citado. De difícil lectura, y hasta tal punto, que el propio Ayuntamiento de la ciudad es capaz de colocar carteles anunciadores de actividades ajenas al conjunto arqueológico.
 Continuando con nuestra ruta, todavía sin abandonar El Agujero, por el camino que conduce hasta Bocabarranco, nos encontramos tres construcciones más que, a pesar de tener sus correspondientes carteles anunciadores, no han sido respetados en cuanto al espacio que queda entre ellos y las edificaciones cercanas, unas anteriores a la época del vallado, otras de nueva factura, que han obviado la presencia de los túmulos. El último de los tres, el más cercano a Bocabarranco, aunque está delimitado por una empalizada, es accesible, pues la misma deja entre sus elementos espacio suficiente para poder entrar en el recinto. En torno al mismo, dando muestras de estar inmerso en la civilización, se puede comprobar cómo el servicio municipal de limpieza, igual que el resto de las instituciones con responsabilidad en el patrimonio, lo tienen olvidado.


Reanudamos nuestro periplo y abandonamos El Agujero, sintiendo el mismo sentimiento que tuviese, allá por 1976, el escritor de la crónica: desplome e indignación. Nos dirigimos hacia la zona de El Clavo, donde encontraremos otro yacimiento. De menores dimensiones que el de La Guancha, no tienen nada que envidiarse, en lo que al estado de conservación se refiere. Éste lo encontramos, también cercano a la costa, medio oculto entre viviendas y cultivos de plataneras, así como, en uno de sus laterales, lo que en su momento debió ser un almacén. Entre éste y el yacimiento se encuentra un aljibe, que en su día suministrase agua al almacén.
Tampoco en esta ocasión podemos acceder a su interior pues, del mismo material que el de El Agujero, también tiene vallado su escaso perímetro. Tal circunstancia no impide que, en una de las construcciones, con unas maderas y plástico negro, tenga una especie de techo. No goza de mejor conservación el resto del yacimiento, tanto es así que una de las construcciones está rellena con grava. Otra duda, difícil de disipar, es si realmente los límites establecidos por el vallado son reales o no. Es decir, que si se conserva la totalidad del yacimiento o, por el contrario, sólo una parte de éste. La duda, evidentemente, surge de la presencia de construcciones y actividades distintas a lo que es el yacimiento, sin que medie espacio alguno entre ellos.
Nos alejamos de El Clavo (ya todo lo que era posible observar se vio), ahora en dirección a Botija, donde nos aguarda el próximo, y último, yacimiento de nuestra ruta. También, nuestra partida arrastra el mismo sentimiento de impotencia que en la anterior ocasión.
Ya allí, en Botija, en la zona de su yacimiento, donde se llega tras una buena batida de riñones, por el olvido al que está sometida la carretera de acceso, nuestra primera visión –aunque no nos sorprende tras la visita de los dos anteriores– nos conduce a otro brote de ira. La zona donde se localiza el yacimiento, también delimitada en todo su perímetro, a diferencia de las anteriores, no está rodeada de “civilización”, si exceptuamos la cocina de gas –horno incluido– que localizamos en la cara frontal del muro de piedra que define el área de los restos prehispánicos. En esta misma cara se ubica la puerta de entrada, en esta ocasión nada nos impide penetrar pues permanece abierta; una de las dos puertas que constituyen el acceso al recinto perdió algunas de sus bisagras, pendiente de perder la última para caer al suelo. Sobre el muro de piedra, en una parte importante del mismo, se observa un vallado que, debe ser por la dificultad para acceder desde el exterior, se interrumpe en uno de los laterales –un amplio tramo– permitiendo así observar sin dificultad la pequeña cala sobre la que nos colocamos. Otra de las características de los restos de Botija, una constante que también se repite en los anteriores, es su estado de abandono y, por lo que se puede observar, la aparente ausencia de una excavación seria que delimite el yacimiento y que, al ser construcciones semienterradas, evidencie la posible existencia de otras. También, por qué no hacerlo constar, una restauración a cargo de personal especializado.
Tras la visita a los tres yacimientos, como ya expresamos, también nos embarga un sentimiento similar al del cronista de hace hoy treinta años. Sin embargo, en aquella ocasión, no gozábamos de las ventajas de la democracia, es decir, de la posibilidad de pedir responsabilidades a quienes, ante el estado de las cosas, parecen carecer de ellas. Recordemos que, en el año 1976, todavía el viejo régimen daba los últimos coletazos, pues como se pudo comprobar, no murió con él la rabia. Ahora, cuando han transcurrido –de forma baldía, a tenor de lo observado– treinta años, gran parte de ellos en democracia, la situación del patrimonio arqueológico galdense –excluyendo la Cueva Pintada– permanece tal cual.
¿Qué ha sucedido, a lo largo de estos treinta años, para que todo permanezca igual, o más deteriorado? Ciertamente no lo sabemos. Lo que sí conocemos es que, desde hace trece años, quienes nos gobiernan –al menos eso pregonan– son nacionalistas. Eso sí, de un nacionalismo de nueva factura pues no debe entender que una de las mayores señas de identidad de la canariedad, esa que dicen representar, se sitúa en los vestigios que mantenemos de nuestro pasado prehispánico, no tan lejano. Que no todo se basa en trasladar momias al Museo Arqueológico de Tenerife pues las razón aludida para tal petición, la falta de dignidad de su ubicación, también es extrapolable a nuestros yacimientos, la falta de dignidad en el estado de conservación. Probablemente, confunden las señas de identidad de la canariedad con el hormigón de las infraestructuras.

Pero no sólo es el Gobierno Autonómico el responsable del mal estado de conservación de los yacimientos galdenses, también lo es, en un mismo plano de igualdad, el Cabildo Insular de Gran Canaria, responsable de la gestión y conservación del Patrimonio, por haber asumido tales competencias. Y aquí, los símbolos institucionales resaltan con la misma intensidad pues unos por acción, éstos, y otros por omisión, aquéllos, son responsables de tal estado de cosas.


Sin embargo, por ser su municipio donde se ubican, también se extiende la exigencia de responsabilidad al Gobierno Local pues, bien por desconocimiento bien por desidia –da igual por qué– tampoco han sabido denunciar el estado de abandono en el que se encuentra el patrimonio arqueológico local.
También a quienes, a pesar de detentar responsabilidades de vigilancia, han mirado para otro lado sin denunciar, al menos con la contundencia que los hechos merecen, la situación de deterioro constante al que está sometido el Patrimonio; salvo, hay que reconocerlo, que tales denuncias incidiesen de manera negativa en su carrera personal hacia el público reconocimiento, situación achacable a las flaquezas de la condición humana.

En cualquier caso, como quiera que ahora se conmemoran los treinta años del Manifiesto de La Guancha, quizá sea bueno transcribirlo. Salvo modificaciones en cuanto a la denominación de algunas instituciones, el texto del mismo, a la vista de lo observado, mantiene su total vigencia.
Este es su contenido:
PROCLAMA:

Hoy, a las seis de la tarde, el pueblo galdense convoca a los grancanarios, para todos darnos cita en Gáldar y manifestarnos públicamente. El fin que nos une, es dar una llamada de atención sobre el estado del Patrimonio Arqueológico de El Agujero y La Guancha, y promover la mentalización del pueblo en materia de conservación de la cultura material y espiritual canaria. La salida será a las seis de la tarde desde la explanada del Instituto Mixto de Gáldar hasta la necrópolis de La Guancha.

Pueblo galdense, grancanarios, manifestémonos por la historia y la cultura canaria en la antigua capital de Tamarán.

MANIFIESTO DE LA GUANCHA - Gáldar (1976).
La significación de esta convocatoria exige un doble compromiso; ante la historia y ante el futuro. Ante la historia, por saldar un lamentable déficit patriótico, encubierto muchas veces tras una apatía secular, de cuyas responsabilidades diversas, por conocidas, no vamos ahora a hacer una larga enumeración. Pero el hecho real y positivo es este, el pueblo canario ha dicho BASTA y a partir de esta toma de conciencia SE COMPROMETE por exigencias de identificación en convertirse en guardián permanente de un legado cultural e histórico que tiene su razón de ser en un principio muchas veces invocado y pocas veces respetado. LA CANARIEDAD.

El hecho no presenta ni se concibe aislado. "La Guancha" es sólo un ejemplo, quizás el más lamentable de un proceso nefasto y negativo, de postergación sistemática de un patrimonio que por ser de la cultura, también lo es universal. Es así, como salvaguardarlo compete a instancias ya no sólo locales e insulares, sino regionales incluso. El llamamiento tiene por ámbito todo EL PAÍS CANARIO.


De cara al futuro, posibilitar a partir del compromiso de salvaguarda, la búsqueda creativa de la raíz de estas islas, cuya cultura no puede concebirse deslavazada del pasado, como tampoco sin proyección al futuro.
Que nadie se inhiba ante la exigencia histórica y social: pues, son las FUERZAS VIVAS, las instituciones que se precian de ser canarias, el poder, y en definitiva sus hombres, a quienes EXIGIMOS, y advertimos, de su responsabilidad más allá de las consabidas disculpas burocráticas. Es el pueblo canario quien, por fin, ha hablado. Y la voz del pueblo, es nuestra voz.
Para finalizar, por si alguien lo olvidó, transcribir también parte del texto que figura en el cartel de la entrada de La Guancha: Las leyes españolas castigan los daños intencionados al Patrimonio Histórico, con penas de entre 6 meses y 6 años de prisión.

Nos cuestionamos si la intencionalidad la da sólo la acción o, también, la omisión. Las leyes, ya se sabe, son susceptibles de interpretaciones diversas. De lo que no cabe duda, si nos atenemos a todo lo expuesto, es que se está necesitando, treinta años después, una nueva manifestación denunciando el abandono a que tienen sometido nuestro Patrimonio Histórico, el manifiesto ya se tiene, incluso sin modificar lo relativo a la nueva denominación de algunas instituciones. ¡Salgamos a la calle, denunciemos la situación de nuestro Patrimonio! (Publicado en el número 113 de BienMeSabe)



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