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jueves, 14 de mayo de 2015

RETAZOS DE CULTURA GUANCHE-II


Según el Dr. Juan Bethencourt Alfonso, en: Historia del Pueblo Guanche

Recopilado por Eduardo P. García Rodríguez



Creían los guanches en la dualidad de la persona humana com­puesta de dos xaxos, que a la muerte, uno de ellos quedaba en la tierra en espera del otro que se separaba; pero el punto culminante de esta concepción consistía en que ambos xaxos afectaban la misma forma y el que se marchaba seguía teniendo iguales sensaciones de hambre y sed e idénticas necesidades, apetitos y pasiones que en su vida terres­tre. De modo que la muerte era un desdoblamiento temporal en que los elementos gemelares ni rompían sus relaciones de solidaridad, ni dejaban de comunicarse, pues al principio el xaxo ausente vagaba por los contornos de la necrópolis y más tarde la visitaba para vigilar la conservación de su otra mitad; por lo que la familia del finado coloca­ba alimentos en la puerta del panteón para que comiera en sus viajes 4. También concurría a los banquetes funerarios de la familia, gustaba de los placeres de la mesa, oía las conversaciones y se vengaba de sus enemigos.

Sustentaban que el xaxo en su origen era una emanación del dios Magec o Sol que encarnaba en las criaturas, con diferente destino des­pués de la muerte según la conducta observada en la vida terrena. Los buenos y valerosos moraban en el Lugar de las Delicias todo el tiempo que tardara en incorporarse al xaxo momificado, pero los cobardes y perversos iban a parar a las profundidades de Chineche5 o del infierno.

Pero lo más extraño es que admitían el dogma del pecado original y la doctrina de que las lustraciones o abluciones purificaban a las criaturas, por lo que tenían la institución del bautismo al igual que los egipcios y otros pueblos de la antigüedad.

Dice a este respecto Gómez Escudero:
«A los recién nacidos echaban agua y lavaban las cabecitas a modo de bautismo, y éstas eran mujeres buenas y vírgenes, que eran las Marimaguadas, y decían que tenían parentesco como nuestros padrinos. No daban razón de esta ceremonia, y era en Canaria y Tenerife, mas no supimos de otras islas aunque los usos eran comunes».
Marín y Cubas, observa:
«Cuando nacía la criatura lavaban con agua todo el cuerpo, mujeres a niñas y hombres a niños; y quedaban en nuevo paren­tesco con los padres».
Según nuestros informes eran los sacerdotes los que administra­ban el bautismo a los recién nacidos varones y las marimaguadas o sacerdotisas a las hembras, siendo respectivamente a la vez padrinos; adquiriendo entre los padres, padrinos y ahijados tan estrecho grado de parentesco espiritual que los inhabilitaba para el matrimonio. Para llevar a cabo el acto del bautismo, cada reino contaba con cierto nú­mero de charcos o fuentes exclusivamente destinadas al efecto y de­fendidas del acceso de animales6. Concurría a la ceremonia numerosa comitiva de hombres o mujeres según el sexo del recién nacido que uno conducía a la espalda metido en un fole, cayao o zurrón a guisa de mochila, con la cabecita fuera. Después de algunas fórmulas y del la­vatorio, retornaba la comitiva lanzando ajijides, cantando y tocando instrumentos.
Respecto a la teogonia guanche únicamente son conocidas unas cuantas líneas generales, reveladoras de esa eterna dualidad con que la naturaleza se manifiesta a las sociedades primitivas. Todos los seres vivientes, particularmente la especie humana y las más importantes de los animales domésticos, recorren el camino de la existencia bajo la protección de sus respectivas divinidades, que a la vez militan someti­das a dos grandes potestades que se disputan la gobernación del mando y el incondicional vasallaje del hombre. Achuguayo, personifi­cación del Bien, lucha por los sanos principios de la moral, mientras Guayóla, símbolo del Mal, subvierte lo santo y noble; pero con las cir­cunstancias de que todos estos dioses tienen nuestras necesidades: comen, beben y sienten.

Reina Achuguayo en los cielos impulsando hacia el bien los desti­nos del mundo con la cooperación de diferentes deidades más o menos poderosas, como el sol, la luna, las estrellas, el mar, el agua, las nubes, el arco iris y el «fuego hijo de Magec»', de las diosas Chaxiraxi, Tajo, Abona y de los penates Chayuga, Saguañic y otros, sin contar varios elementos benéficos. En ocasiones muestra su enojo al hombre por medio del relámpago, el rayo, los truenos o desoyendo la gracia que solicita; pero como dijimos también le reserva el «Lugar de las Deli­cias», situado no se sabe donde, como premio a la virtud y al valor du­rante su vida terrestre. En cambio, frente a esta potestad levántase Guayóla imprimiendo a los destinos un camino contrario. Soberano absoluto de Chinechi o el infierno en las entrañas de la tierra, con la que comunica a través del Teide, préstanle su concurso de perdición varias divinidades y poderes infernales que le rodean a manera de corte: Guañajé, la deidad protectora del ganado cabrío; Canajá, la del ovejuno; Jucancha, del perro, así como los agentes maléficos personi­ficados en algunos elementos y fenómenos, como el viento, los remoli­nos (reunión de xaxos desesperados), volcanes, terremotos y temblo­res de tierra. Van a parar a Chinechi los perversos y cobardes a sufrir eternamente hambre, sed, dolores, angustias, yendo y viniendo sin cesar cargados de azufre por un antro desde el fondo del Teide a deter­minados lugares de la isla7, para ser lanzados a la tierra de vez en cuando a encarnar en un semejante con el fin de atormentarlo.

Si a esta abrumadora carga de poderes opuestos, se agrega que vi­vían un mundo imaginario poblado de fenómenos y seres extraños, como eran los encantamientos, los maxios o fantasmas, miedos, xaxos de ultratumba y las apariciones de Guayóla en múltiples transforma­ciones como Proteo, porque según Marín y Cubas «a menudo se les presentaba el demonio en forma de perro grande lanudo y en otras varias apariencias», podemos darnos cuenta del cúmulo de creencias y de prácticas supersticiosas a que estaban entregados.

El culto del sabeísmo o de la astrolatría entre los guanches era universal8, figurando el sol o Magec como el más poderoso y benéfico de los dioses, cuyo emblema en la tierra era «el fuego nacido de su seno», tenido por sagrado9. Autor de la vida del hombre, tributábanle los epítetos más cariñosos llamándole «padre», siendo para los mori­bundos un consuelo supremo exhalar el último suspiro con los ojos fijos en el divino astro. Todas las mañanas y antes de la amanecida los cancos o sacerdotes del Sol adornados con guirnaldas de hojas de vi-ñático, dirigíanse en comunidad tocando chácaras, flautas y tambores a determinados lugares 10, para impetrar del dios su presencia en la tie­rra y saludarle con himnos y danzas. Cuando aparecía sobre el hori­zonte, desde el rey al último vasallo postrábanse de rodillas con las manos en alto para venerarlo, otros saltaban, bailaban, silbaban o lan­zaban gritos de entusiasmo.

En ciertos días solemnes o con motivo de calamidades, congregá­banse para implorarle piedad en las altas montañas, como en ¡moque, Jama o la Santidad del reino de Adeje, Cerrogordo en La Guancha de Icod, o en las mas elevadas cumbres, en Cuajara, Bexo, el Sombrerito, donde los sacerdotes en medio de ceremonias le ofrendaban sustancias alimenticias y le hacían aspersiones de leche y miel o chacerquen; otras reuníanse en el fondo de los barrancos para recibir hincados de rodillas los rayos que les enviaba desde el zenit, o bien por las noches le dedicaban luminarias coronando los montes con centenares de sim­bólicas hogueras.
Pero no siempre lograban desenojar a la divinidad y entonces ex­tremaban las plegarias, las romerías, multiplicando las ofrendas y sa­crificando en su holocausto leche, miel, dátiles, cebada, etc. o bien corderos y cabritos arrojados vivos a los píreos u para que gustara de la sustancia de las víctimas arrastrada en las espirales del humo; mien­tras unas veces los sacerdotes y otras las sacerdotisas, adornadas de guirnaldas, danzaban en derredor al compás de los instrumentos, oscu­recidos por el clamoreo de la muchedumbre. En cada función variaba el número de víctimas, porque iban sacrificando hasta que la columnade humo se elevara en derechura al cielo, que era la señal de estar Magec satisfecho o calmado su enojo.

Cuanto al culto rendido a los demás astros sólo se dice que la diosa Luna «como madre de los tiempos» era la encargada de regular­los; siendo sus faces, así como la marcha de la estrella vaquera, moti­vos de observaciones para guadameñes y samarines, que además de astrólogos barruntaban los cambios meteorológicos o sea las cabañue­las con aplicación a la agricultura y al pastoreo. Arreglado a las revo­luciones sinódicas de la diosa Luna dividían el año en doce partes, que apellidaban primera luna, segunda luna, etc. como ya dijimos, empe­zando por la de Agosto según Marín y Cubas.

Sin embargo que los plenilunios de la diosa los celebraban dan­zando en los guairas, en algunos casos le atribuían cierta influencia maléfica como veremos oportunamente.
* *  *
Pero los guanches además de sabeístas eran idólatras, limitando la significación de esta palabra a la adoración de los objetos terrestres, tal cual los presenta la naturaleza como árboles, montañas, fuentes, monolitos o bien artificiales moldeados por el hombre o ídolos propia­mente dichos; siendo ambas formas meras gradaciones de un mismo proceso del alma creyente, pero que de ordinario coexisten con la últi­ma, como elementos complementarios, el templo o lugar de adoración y el sacerdote o intermediario entre el adorador y la cosa adorada.

De esta doble forma de culto tenemos ejemplos en Tenerife. Res­pecto a la primera, recuérdase aún el famoso «Drago Santo» I2 en el valle de Chacacharte, al que los fieles rendían verdadera veneración y cuyo crédito estaba cimentado en las maravillosas curas de las poste­mas con los preparados de su sangre y en los éxitos alcanzados en la expulsión de xaxos arrimados, cuando bajo su divina sombra eran los enfermos sometidos a tratamiento; y cuanto a la segunda forma, son tales las circunstancias diferenciales que ofrecían sus ídolos, que a nuestro juicio representan dos cotizaciones históricas distintas.

En efecto, sin esfuerzo se impone la clasificación de la estatuaria religiosa guanche en dos géneros bien caracterizados, no ya desde el punto de vista escultural o artístico sino por su procedencia y valor ponderal en materia de fe. Hállase constituido el uno por anáglifos de barro de indiscutible manufactura indígena, representando siempre al sexo masculino o séase al hombre, y el otro por figuras de bulto talla­das en madera con el sello del paganismo clásico, sin excepción del sexo femenino y de origen exótico, de no admitir o sospechar en el Archipiélago con Mr. Campbell una civilización precristiana. Añádese a estos particulares, según la tradición, que los ídolos de culto general «eran todos hembras», diosas, y los de culto local, varones.

Aunque es legendario tenían también petroglifos o fetiches de piedra, como los hubo en las islas del Hierro y de Canaria, concretán­donos a los anáglifos consistían «en tabletas de barro cocido de un jeme a una cuarta de largas, una mano de anchas y como de un dedo de gruesas, presentando en una de sus caras el relieve de una grosera figura humana siempre de varón». En esta descripción están contestes todos los que han visto los referidos anáglifos en los distintos lugares de la isla y que son conocidos por el vulgo con el nombre de «Santitos de los guanches» l3.

Eran venerados en sus respectivos templos o cuevas santuarias, en cuyo fondo los colocaban sobre una majano metidos en groseras hor­nacinas o nichos de piedra tosca, adornando el altar con flores y rama­je. La tradición conserva los nombres de algunos: Chayuga o séase el santito del templo de Chinguaro, que ocupó cierto tiempo la diosa Chaxiraxi según fray Alonso de Espinosa, que enramaban con laurel y retama florida; Saguañic, idolillo del oratorio de Igueste de Candela­ria, y Sagate, de otro de Arafo, ambos ataviados con hojas de haya y de palmera.

Ofrecían estas cuevas templos14 un atrio más o menos grande dis­puesto en semicírculo, formado por una pared de piedra seca de un metro de alta con un portillo a cada extremo. Metidos los fieles en este medio corral, añade la tradición, saltaban, bailaban y gritaban derra­mando como ofrendas al santito gánigos de leche y de manteca. Otras veces los sacerdotes llevando en conchas sal marina, sometida durante ciertas noches a la influencia de la diosa Luna, a medida que la iban arrojando a puñados a una hoguera encendida en mitad del atrio, en medio del chisporroteo de la sal invocaban la divinidad, tomaban ex­trañas actitudes y prorrumpían en terribles imprecaciones llenando de pavor supersticioso a los asistentes.
Estas escenas terroríficas anejas a las prácticas de la hechicería, el carácter propiciatorio local de los santitos y la semejanza que éstos guardaban con el guatimac usado por una clase sacerdotal, sugiere la idea de que los tales idolillos tenían su origen en la apoteosis de sus hombres célebres después de muertos, como reyes, héroes o famososhechiceros, para colocarse los tagoros bajo la protección de sus xaxos a título de manes tutelares. Aparte de que esto suele acontecer en los pueblos primitivos, nos explica la costumbre de los soberanos de jurar por sus antepasados más prestigiosos, como Bencomo por Tinerfe el Grande, que si no figuraba en los altares probablemente iba camino de ello.

Ahora bien, cuando se considera la tosca fabricación de los referi­dos santitos, su limitada área de acción como fuente de fe, su conoci­do origen de abolengo humano, la rusticidad de su liturgia y lo compa­ramos con las obras de arte de las diosas, su veneración universal, sus maravillosas apariciones sobrenaturales y la pompa de sus ritos de pa­ganismo clásico, aunque ambos cultos en el fondo caen de lleno en la idolatría, sus elementos constitutivos ofrecen tales diferencias que los reputamos de distinta progenie, es decir, manifestaciones de dos reli­giones entremezcladas en el curso de los tiempos al fundirse varias razas.


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