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viernes, 30 de agosto de 2013

LA DIOSA MADRE EN LAS ISLAS CANARIAS






(Libro inédito)


CAPITULO-XVIII-I
Eduardo Pedro García Rodríguez         




APUNTES SOBRE LA PENETRACIÓN CRISTIANA EN CANARIAS


Generalmente las conquistas de unos pueblos por otros suelen ir precedidas de  penetraciones religiosas que actúan como puntas de lanza. En el caso de Canarias, la punta de lanza estuvo en manos del cristianismo. Esta confección judeo-católica puso sus miras en el archipiélago desde tiempos remotos. La Santa Sede erigida en árbitro de los pueblos, vidas y haciendas,  secundada por las turbas fanáticas cristianas europeas, de la edad media, decide esclavizar y expoliar las Islas Canarias. Para ello el Papa francés Clemente VI comenzó, regalando el país canario con la misma facilidad con que se concedía una indulgencia. A partir de esa decisión tomada unilateralmente, comenzaron a desarrollarse un cúmulo de males para este pueblo, comparables a las siete plagas bíblicas, y  los cuales aunque atemperados por  los usos actuales, preveo que van a continuar durante mucho tiempo.

FRAILES



El panteón canario, como hemos visto en un principio estaba compuesto por deidades de origen mesopotámico y feno-púnicas, e egipcio, cuya Diosa principal es Isthar,  Innna, o Isis, la cual pasó a ser Tanit en Cartago y Tinnit para los pueblos imazighen. Diosa principal del panteón cartaginés, y de la que abundan grabados con representaciones arcaicas en todo el Archipiélago Canario como hemos constatado en el capitulo anterior.

            Posteriormente, a raíz de que el imperio comercial y territorial de Cartago fue asumido por Roma, como consecuencia de la victoria de ésta sobre Cartago en la tercera guerra púnica. La presencia romana en las Islas está ampliamente documentada, aunque debió ser breve en el plano temporal, pues apenas dejó huellas en el panteón canario. Después de la caída del imperio romano las Islas sufrieron un largo periodo de su historia desconectadas del mundo occidental de la época, perviviendo el recuerdo de las mismas en el campo de la leyenda y la mitología. Mientras Europa se hundía irremisiblemente en los negros tiempos de la barbarie de la Edad Media, desde nuestro Continente fluían oleadas migratorias que nutrían las Islas con nueva sabia y diferentes culturas, y con ellas, nos llegaron nuevos elementos cultuales enriquecedores del panteón guanche. Con los imazighen Zanatas se introdujo la astrolatría, cuya principal divinidad es Magek, representación del Sol (La Sol) faz de la Diosa Madre Chjaxiraxi y creadora  dadora de vida, y la Luna. (El Luna), (en el mundo imazighen, éstos astros cambian de genero) como representación visible de la Diosa-Madre. El Sol, al tener carácter femenino entre los pueblos imazighen (beréberes), fue asociado por éstos a la Diosa Tanit. Como hemos dicho, en Canarias son múltiples las representaciones de la Diosa existentes en los yacimientos rupestres de los santuarios ubicados al aire libre o en templos naturales, que muestran los atributos de la Sol y del Luna, como representaciones de la Diosa-Madre, y de los cuales nos ocuparemos en el capitulo correspondiente. La ancestral veneración que el pueblo guanche tenía hacía la Diosa-Madre, Tanit/Tara/Chaxiraxi/Diosa Celeste o de Tajo, Abora, Moneiba, Orahan, hizo posible que asumiera sin grandes traumas a la imagen de la Virgen de Candelaria, a la que llamaban-y llamamos- Chaxiraxi, es decir “Espíritu del Cielo” o “La Señora” el mismo nombre que aplicaban a la Diosa-Madre, Tanit, sincretismo que la iglesia católica supo aprovechar a su favor.

Veamos someramente, el proceso de cristianización desarrollado por la iglesia católica en la culturización y posterior sometimiento del pueblo guanche.

El Papa Clemente VI, por su bula de 15 de noviembre de 1344, invistió a Luis de la Cerda, nieto de Alfonso el Sabio,  Conde de Talamón, y Almirante de la marina, de Francia, con la corona de Canarias, con el título de Príncipe de la Fortuna, y le concede los derechos de conquista de las mismas a cambio de una renta vitalicia de cuatrocientos florines de buen oro anuales a favor del papado. Después de la proclamación de Luis de la Cerda como príncipe de las Canarias, éste organizo un fastuoso desfile triunfal por las calles de Roma, el cual fue desbaratado por una inoportuna y premonitoria tormenta.

Pretensión ridícula, según apunta un autor; el Papa se creía entonces exclusivamente autorizado para repartir los países “bárbaros”, como se llamaba a los que estaban fuera de la influencia del papado, y pretendía que la herencia de la tierra estaba reservada solamente y por un supuesto  derecho de primogenitura, a los practicantes de la religión judeo-cristiana como decana en el orden de la creación (Sabin Berthelot, 1980:29).

1346, ya en la actual España, el flamante Príncipe de la Fortuna se presenta en la corte del rey Don Pedro IV de Aragón, y solicita permiso a este para efectuar una leva en sus puertos para una armada destinada a la conquista de las Islas Canarias. Conseguido el permiso de su pariente, el almirante consigue fletar una armadilla compuesta por tres naves, pero en el transcurso de los preparativos se ve obligado a desplazarse a Francia, por lo que confía el mando de la expedición a un Capitán de su confianza. La armada se hizo a la mar y se sabe que rebasó el estrecho de Gibraltar, perdiéndose a partir de ese punto su rastro, sin que hasta la fecha se tenga noticias ciertas del fin que tuvo la misma, aunque hay vestigios históricos que apunta a que esta escuadra o parte de la misma se dedicó a saltear las costas del continente africano.

En la isla de Mallorca (España), se crea una cofradía con el fin de recabar fondos con que enviar un grupo de misioneros a evangelizar las islas, entre ellos se cuentan los mercaderes (posiblemente traficantes de esclavos) Juan Doria y Jaime Segarra (1351) con el beneplácito del Papa Clemente VI. Los misioneros contaban con la valiosa colaboración de doce esclavos neófitos naturales  Canarios que habían sido victimas anteriormente de expediciones de razzias piráticas esclavistas, como consecuencia de las expediciones españolas a la costa de África y a las Islas Canarias a la captura de esclavos y ganados, cueros y cuanto de algún valor podían saquear, ya que se corrió la voz de lo fácil y rentable que era el saqueo en el noroeste de África. Por ello, reinando en Castilla Juan I, hijo de Enrique II, se conciertan en Cádiz muchos sevillanos y guizpucuanos, los cuales  arman navíos con el propósito de asaltar y saquear la costa del continente por 1377 la flota se hace a la mar. Durante la travesía fueron sorprendidos por un fuerte temporal que les empujó  hacía el suroeste, haciéndoles arribar a la costa de la isla Lanzarote donde después de un corto reconocimiento decidieron saquear la isla. A pesar de la débil resistencia ofrecida por los isleños, consiguieron hacerse con gran cantidad de ganados, cueros, manteca, así como un número considerable de mujeres y niños, regresando a España con el cuantioso botín. La riqueza del botín obtenido, incitó la codicia de los aventureros sin escrúpulos, segundones y a algún noble ábidos de obtener riquezas rápidas aunque fuesen a costa de la esclavitud de otros seres humanos.

Así, sobre 1380 o 1381, una escuadra compuesta de vizcaínos y guizpocuanos, asaltan Lanzarote, robando cuanto encontraron a su paso, siendo lo más importante del botín los esclavos apresados, entre ellos a los régulos de la isla. Conforme los españoles fueron teniendo noticias más precisas sobre la situación de las Islas, aumentaron la frecuencia de las incursiones en busca de ganado humano, no librándose de esta lacra las islas occidentales, estando registrada cabalgadas en las Islas de Ghumara (la Gomera,) Chinech (Tenerife,) Benahuare (La Palma) y Tamarant  (Gran Canaria.)

En fecha no precisada, pero quizás a partir de 1377, se produce un desembarco de piratas por la playa de Gando en la isla de Tamarant (Gran Canaria) de un grupo de 18 mallorquines entre los que se encontraban dos frailes agustinos. Éstos se internaron tratando de llevar a cabo un reconocimiento de la isla, siendo interceptados por un grupo de canarii los cuales les hicieron frente, presenciada la escaramuza desde el navío, los aventureros que habían quedado a bordo optaron por levar anclas y abandonar a sus compañeros a su suerte.

PIRATAS



Reducidos éstos por los canarii, fueron tratados con la humanidad propia en los guanches, alimentándolos y curándoles las heridas habidas en la reyerta. Repartidos entre varios cantones de la isla, muchos de estos mallorquines convivieron con los canarios durante unos cuarenta años, hasta que con la habitual arrogancia propia en los europeos éstos no sólo trataron de imponer su eurocentrismo a los canarii, sino que además comenzaron a relajar sus costumbres adoptando incluso actitudes libidinosas  lo que motivó que comenzara a debilitarse la convivencia, y como consecuencia de este estado de cosas los isleños decidieron ejecutar a 13 de los invasores, entre ellos a los dos frailes que fueron arrojados al vacío en la Sima de Jinámar.

Dejaron estos mallorquines algunas obras en la isla, entre ellas la ermita de Santa Catalina Mártir, ubicada en Las Isletas, en  Arguineguín una cueva ermita dedicada a Santa Águeda, así como otras en las aldeas de San Nicolás y en Tirma.

El primer contacto de cristianos con los guanches de la isla de Chinech (Tenerife) que tenemos documentado, nos lo proporciona D. Tomás Marín de Cubas, quien nos dice que en el año 1347 desembarcan en Adeje posiblemente por el puerto de Los Cristianos, un grupo de aragoneses quienes trataron de entablar paces  previas a la ocupación de hecho de la isla. Avisado el Rey de la isla que en aquella fecha lo era Betzenuriga, de la presencia de los extranjeros, se aproxima a los mismos acompañado de varios capitanes y sus correspondientes Tabores. Betzenuriga escuchó con paciencia las insolentes propuestas del Capitán de los aragoneses que  le culminaba a que dejasen de ser idolatras y aceptase el cristianismo como única religión verdadera. Ante tan impertinente proposición, Betzenuriga le respondió que ellos ya tenían un Dios llamado Jucancha, y que no admitía tener paces con los extranjeros, invitándoles a abandonar la isla, advirtiéndole de que si volvían con semejantes propuestas no saldrían vivos.

El instaurador del “Reino de la Fortuna” Clemente VI, erigió las islas del Atlántico en diócesis misional por medio de la bula Coelestis rex regum (1351) preocupándose por su auge,  los pontífices Inocencio VI, y Urbano V. La diócesis se erigió en Telde, Gran Canaria, perviviendo por espacio de medio siglo, Se conocen hasta cuatro Obispos católicos, Bernardo, 1351, Bartolomé, 1361, Tarín, 1369 y Jaime Olzina, 1392.

En 1393 una escuadra castellana invade la isla de Gran Canaria, aprisionando gran cantidad de mujeres y niños que y sigue rumbo a Lanzarote, donde apresan 160 isleños entre ellos al Rey Guanareme y a la Reina Tingua Faya, además de grandes rebaños de cabras, tecinas, cebo y pieles.

La facilidad con que podía ser saqueadas las Isla despertó la codicia de muchos aventureros, piratas y corsarios sin conciencia. En el puerto de La Rochela coinciden un día del año de 1402 dos piratas, uno conocido como Jean de Bethencourt y el otro Gadifer de La salle. Ambos eran miembros de la nobleza francesa, pero no sólo estaban arruinados y con sus estados hipotecados o embargados, sino que estaban desterrados por causa de una serie crímenes cometidos. El de La Salle tenía surta en el puerto una galera con la que se ganaba la vida asaltando a otras naves sin importarle la nacionalidad o religión de sus propietarios. Es posible que ambos piratas coincidieran en cualquier posada del puerto, y tras contarse mutuamente sus cuitas entre copa y copa de buen vino, Bethencourt hizo participe a su colega de sus proyectos de invasión y saqueo de unas islas que estaban prácticamente indefensas y donde las presas de esclavos estaba asegurada de antemano. Seducido el de La Salle por la posibilidad de pingüe beneficios, aceptó unir su galera a la nave de Bethencourt,  para culminar el proyecto. Ante la carencia de dinero para contratar marinos expertos y avituallar las naves, ambos socios deciden recurrir a unos parientes, así Jean de Bethencourt obtiene de  su primo Robin de Bracamonte un préstamo, hipotecándole lo que le quedaba de sus estados en Normandía.

El primero de mayo de 1402, salen del puerto de La Rochela, durante el inicio de la travesía les afecto una tormenta dispersándose las naves y perdiéndose el contacto visual entre ellas. Al cabo de unos días la nao de Bethencourt arribó al puerto de Ribadeo donde permaneció ocho días durante los cuales la tripulación se amotinó negándose a efectuar el proyectado viaje por el entonces mar tenebroso y reclamado los salarios atrasados, la llegada de La Salle, que hizo grandes promesas a los amotinados vino a aquietar los ánimos de la marinería. Desde Ribadeo pusieron rumbo a la Coruña, en el puerto de esta ciudad se encontraba la Armada de escocia al frente de la cual estaba el conde Hely, subastando unos navíos que habían apresado en una operación de corso, teniendo necesidad Bethencourt de un áncora y un lanchón, pujo por los mismos haciéndolos conducir hasta su barco. Subidos estos pertrechos a bordo pero como Bethencourt no los había pagado en el tiempo fijado, un Capitán de la flota escocesa se desplazó hasta el buque de Bethencourt para reclamarle el pago del bote y el del ancla a lo que éste se negó, sosteniendo una acalorada discusión. El Capitán escocés se retiró a su navío con intención de regresar con refuerzos para exigir el pago, en este intervalo, Bethencourt ordenó levar anclas y poner rumbo a mar abierta. Cuando el escocés se dio cuenta de la maniobra inició la persecución del estafador con una goleta, pero no pudo alcanzar al pirata, que acto seguido siguió viaje por la costa de Portugal y doblando el Cabo de San Vicente, tomó puerto en Cádiz. Acomodando a su familia en una posada. Mientras tanto, había llegado a Castilla las reclamaciones de ingleses, genoveses y placentinos, quienes acusaban a Bethencourt del asalto y robo de varios navíos de los cuales había echado a pique tres de ellos. Apresado Bethencourt  y confiscado su buque, es conducido preso a Sevilla donde es formalmente acusado de piratería. Las relaciones de parentesco con altos funcionarios franceses que estaban al servicio del Rey Don Enrique, le valió para ser absuelto de sus delitos. Vuelto a Cádiz recupero su barco, pero se encontró sin tripulación, pues esta estaba una ves más amotinada a causa de las pagas que se les debía, consiguió el pirata algún dinero con el cual pudo contentar a la tripulación y contratar a un piloto conocedor de las aguas del Archipiélago Canario, y ante los apuros económicos que le agobiaban  decide partir de inmediato hacía las islas Canarias para una rápida captura de naturales que llevar al mercado de esclavos de Sevilla.

Así, el 16 de julio parte del puerto de Cádiz con sólo 50 hombres de tripulación, dos frailes aventureros y un grupo de mujeres prostitutas bretonas, dejando en Cádiz a su mujer.

Después de tres días de bonanza y cinco de buen viento, dan fondo en puerto Toyenta de la isleta Grata, (La Graciosa) cerca de la isla de Titeroygatra (Lanzarote). En su primera entrada en Titoreygatra no encontraron isleños ni ganados, por ello entendiendo que los naturales estaban escondidos (como efectivamente estaban ocultos en la cueva de Los Verdes) en algún lugar recóndito, enviaron a los interpretes Alonso e Isabel dos esclavos isleños los cuales Bethencourt había adquirido en Aragón, con el encargo de que comunicara al Rey de la isla de que venían en paz y querían tratar con ellos, los confiados naturales cuando acudieron a la cita con el pirata fueron apresados y encadenados.

Los normandos construyeron un fuerte, y después de una larga serie de hechos (que no entramos a relatar pues se salen del espacio de este modesto trabajo) y en los que afloró lo más ruin de esa horda de bárbaros y asesinos aventureros normandos y castellanos, quienes cometieron las más atroces traiciones, crueldades, y viles asesinatos en los desgraciados naturales, consiguiendo con estos inhumanos métodos someter las Islas de Lanazarote, Fuerteventura, Hierro y posiblemente La Gomera, llegando incluso a hacer alguna incursión en La Palma y Gran Canaria, donde fueron escarmentados y rechazados.

A partir de  1404, Benedixto XIII, por la bula Apostolatus officium, elevó las operaciones militares de conquista al rango de cruzada, pero esto no evitó que  las islas continuasen siendo asaltadas por los depredadores esclavistas.

La diócesis del Rubicón se estableció en 1404, el primer convento minorista en 1414.

La mayor parte de los naturales de las islas orientales estaban forzosamente cristianizados hacía 1423 (en Lanazarote, Fuerteventura) sometidos a la jurisdicción del provincial de Castilla, quien debía de confirmar a los vicarios después de ser electos misioneros, El Pontífice Benedicto XIII da testimonio de ello por medio de la bula Illius celestis agricole, 20 de noviembre de 1424.

El más grave obstáculo con que tropezaba el adotrinamiento era la pervivencia de la esclavitud del infiel, defendida por un grupo compacto de doctrinarios católicos (Egidio Romano y Enrique de Sousa a la cabeza) y combatida por una minoría de penetrantes teólogos (Inocencio IV, Santo Tomás y Agustín de Ancona.)  La curia pontificia va a adoptar en 1434 una postura intermedia que, para el momento, supone un decidido progreso, pero que dejaba una puerta abierta, por la que los esclavistas podían vender a lo naturales simplemente acusándolos de infieles, entramado éste en el que participaron algunos eclesiásticos que no hacían asco al oro viniese de donde viniese.  

El cambio anterior se operó gracias a los informes enviados a la corte pontificia sobre las verdaderas circunstancias de los naturales canarios con el apoyo del Obispo católico del Rubicón, Fernando Calvetos, y por el testimonio directo del misionero fray Juan de Baeza, minorista, y un lego guanche, Juan Alfonso Idubaren. Eugenio IV, proclamó la libertad de los isleños canarios, pero que,  los “mercaderes” piratas jamás respetaron.

Las violencias cometidas por piratas cristianos con los canarios, fue execrada por la bula Regimini gregis de fecha 29 de septiembre de 1434. Pero como en casos anteriores no pasó de ser papel mojado en manos de los gobernantes, parte del clero y piratas disfrazados de mercaderes europeos.

En cuanto al núcleo misional de Tenerife, radicado en el sur de la isla, más concretamente en Candelaria (Menceyato de Gúímar) contó desde un principio con poderosos valedores que contribuyeron a dar al mismo inusitado auge, ante la posibilidad de someter a la isla más importante y más poblada del Archipiélago, mediante la penetración evangélica, tarea harto fácil debido a la elevada espiritualidad religiosidad del pueblo guanche. Así, los invasores mediante esta labor de zapa consiguieron unir a su causa los menceyatos de Naga, Güímar, Abona,  Adeje y Daute.

El ministro general de la orden franciscana fray  Jaime de Zarzuela (elegido el 20 de mayo de 1458) acogió bajo su dirección el eremitario de Tenerife, sometiéndolo a su directa jurisdicción. El principal apóstol de esta misión fue fray Alfonso de Bolaños,  quién había conseguido catequizar buen número de “infieles”  güimareros. Sabemos por expresa declaración pontificia que el núcleo tinerfeño lo componían tres misioneros, y hasta es dable identificar a otro de ellos, fray Masedo. Acaso fuese el tercero fray Diego de Balmanua. De los tres hay constancia de que vivieron entre los guanches y que predicaban en la lengua de éstos. (Bula decet apostolicam sedem (1462). Bullarium, tomo II, núm. 978,página 512).

El segundo impulsor del eremitario de Tenerife fue el obispo de Rubicón Don Diego López de Illesca, a quien es sobradamente conocido en los relatos de la conquista. Éste patrocinio se extendió a fray  Alfonso de Bolaños, como cabeza visible del núcleo tinerfeño. Dicho prelado se erigió en defensor del misionero contra las tropelías del vicario de Canarias fray Rodrigo de Utrera, acudiendo con sus quejas, en 1461, ante la propia corte pontificia. Conocemos estos incidentes por la bula Decet apostolican sedem, 1462. del Papa Pío II.

Para que los recursos económicos no faltasen, Pío II, por la bula Pastor bunus (7 de octube de 1462) concedió una amplia indulgencia en beneficio de los cooperadores en las obras misionales y fulmina de nuevo con la excomunión contra los piratas que salteasen y vendiesen a los naturales guanches, si no les restituían inmediatamente la libertad, disposición que como las anteriores dictadas con igual fin cayeron en saco roto.

Una bula posterior del Papa Paulo II, la Docet romanorum pontifecen (1465), nos informa de manera indirecta que por esta data fray Alfonso de Bolaños ejercía autoridad como vicario sobre Guinea, las islas del mar Océano y algunas de las Islas Canarias.

En 1465 Diego García de Herrera, verdugo y autoeregido señor de las islas Canarias, se quejó del comportamiento de Bolaños en carta que dirigió al Papa Paulo II, y que según Herrera, fray Alonso de Bolaños abusaba de sus privilegios, proponiendo sustituirle por fray Diego de Balmanua, misionero que conocía la lengua de los isleños...

A esta etapa tan intensa de la acción de penetración católica aluden con reiteración los testigos de la famosa Información de Cabitos. (1477) El propio tirano esclavista señor de las Canarias Diego García de Herrera confiesa, por la pluma de su procurador, lo que sigue: “el obispo de las dichas islas ha estado en las dichas islas e sus clérigos; e en la dicha isla de Tenerife han entrado azas veces frayles e tienen su iglesia e hay en ella asaz gente bautizada”. El testimonio merece ser realzado por la calidad histórica del personaje y la concreción de los detalles.

Es posible que el templo a que hace referencia Diego García de Herrera fuese la cueva de Achbibinico o de San Blas, que después de la conquista europea albergó  la primera parroquia católica con que contó el valle de Güímar. En varios documentos del protocolo del escribano Sancho de Urtarte, se hace mención expresa de la cueva-parroquia de San Blas.

En el testamento otorgado en el Valle de Güímar por Luis Alonso, natural (guanche) de Tenerife, dispone una manda “a la cofradía del Stmo. Sacramento de la iglesia parroquial de San Blas, en el pueblo de Candelaria, media dobla para aumento de la cera.” Además dispone que, “por el vicario, frailes, y convento de Ntra. Sra. de Candelaria, que sobre la tumba de su padre Pedro Alonso y la suya, se le diga una misa cantada  de cuerpo presente y otra misa rezada de réquiem, ofrendado de una fanega de trigo, un carnero y un cántaro de vino.”  Sábado 18 de julio de 1579. Fol. 1.126 vº. 
  
Al igual que Pío II, Sixto IV se apresuró a expedir la bula Pastoris aeterni, 29 de junio de 1472, fiel trasunto de las inquietudes misionales.

El pontífice minorista se declara entusiasta y ardoroso campeón de la conversión de los naturales guanches y continentales, depositando toda su confianza en fray Alfonso de Bolaños para el desempeño de tan importante misión. Con este objeto erigía la nunciatura de Guinea, designando nuncio y comisario a fray Alfonso de Bolaños. Quedaban bajo su inmediata dependencia espiritual la isla de Tenerife, los territorios de África y Guinea y las islas del mar Océano. Con lo que tenemos que, Tenerife, contó con Nunciatura Apostólica siglos antes de contar con obispado propio.

Sixto IV, haciendo caso omiso  de la soberanía portuguesa y de la jurisdicción espiritual otorgada a la orden de cristo por su predecesor Calixto III, (dicho pontífice había concedido jurisdicción espiritual sobre el continente africano a dicha Orden por la bula Inter Caetera, de 13 de mayo de 1456.)

La documentación escrita sobre la veneración de Diosa-Madre en Canarias que hasta nosotros ha llegado, es escasa y confusa. Los primeros cronistas de la conquista de las Islas Canarias fueron excesivamente parcos en cuanto a la religión practicada por los primitivos habitantes de las islas. Ello es comprensible desde el punto de vista de los invasores, pues unido al etnocentrismo que animaba sus impulsos aventureros hay que sumarle el fanatismo católico de que eran portadores por una parte, además de la conveniencia política de hacer creer al mundo europeo de la época en la Baja Edad Media europea que los naturales de las islas, eran unos salvajes “sin ley” y “sin justicia”, además de unos idolatras.

Con estos falsos e interesados planteamientos, pretendían justificar conforme a las normas dictadas por el papado, no sólo la captura y esclavización de los guanches, un pueblo que vivía pacíficamente en sus tierras, sin que jamás salieran de ellas para ofender a nadie, sino que además pretendían justificar las horribles e injustificadas masacres y expolios llevadas a cabo por estos bárbaros invasores en nombre de un dios supuestamente amante de toda la humanidad.

El desprecio mostrados por los piratas europeos, hacía la cultura guanche, motivó el que no prestaran la menor atención a la ancestral religión de nuestros antepasados, por el contrario los deseos de los conquistadores de imponer a sangre y fuego la religión de que eran portadores, causo la destrucción de la mayoría de los elementos materiales del culto de la religión del pueblo sometido. Esta despiadada persecución a las creencias de los naturales, no finalizó con la conquista de la última isla (Chinech o Tenerife en 1496), sino que se mantuvo durante las centurias siguientes mediante la denominada “Santa Inquisición”, lo cual prueba fehacientemente que el pueblo canario fue reacio a abandonar sus antiguas creencias a pesar de las continuas persecuciones de que era objeto. Este extremo está ampliamente documentado mediante los archivos de los sumarios abiertos contra los guanches por la Inquisición, los cuales eran condenados por el simple hecho de proferir algunas palabras que parecían mal sonantes a los embrutecidos oídos de los colonos.

No cabe la menor duda en cuanto a que el instrumento más efectivo, conque contó la iglesia católica apostólica y romana en España, para someter por el buen camino hacía la santa fe de la iglesia (que no de dios) a los “herejes” guanches, fue esa humanitaria y misericordiosa institución católica denominada Santa Inquisición. Gracias a ella, los pueblos sometidos alcanzaron ver la verdad que encierra el catecismo cristiano tal como lo entiende,  predica y practica la “Santa Madre Iglesia Católica”.

Pero antes de iniciar un breve repaso a algunas de las actuaciones llevadas a cabo por el Santo Oficio en las Islas Canarias, creemos oportuno dar una rápida ojeada histórica a las bases fundacionales de la Inquisición en Europa, y un breve repaso a algunas de sus actuaciones.

Esta institución judicial eclesiástica fue creada por el pontificado en la edad media, con la misión de localizar, procesar y sentenciar a las personas culpables de herejía. La iglesia primitiva admitía como pena máxima para el pecado de herejía la excomunión, pero una ves que el cristianismo conquistó y asumió la iglesia de Roma, convirtiéndose en la religión

oficial del ya decadente imperio romano en el siglo IV, los herejes comenzaron a ser considerados enemigos del Estado, sobre todo si estos provocaban algún tipo de violencia o alteraciones del orden público. San Agustín, fue uno de los primeros en aprobar la acción represiva del Estado contra los herejes, en las que se incluían las coacciones y los castigos físicos.

En el siglo XII, en repuesta al resurgimiento organizado de movimientos contestarios a los cada ves más descabellados dogmas emanados de la iglesia católica romana. Uno de estos movimientos se produjo en el sur de Francia denominado los albigenses. Éstos constituyeron la herejía más importante dentro de la iglesia católica durante la Edad Media. Su nombre se lo deben al pueblo de Albi,  en sur de Francia, el centro más importante de este movimiento, fervientes seguidores del sistema maniqueísta dualístico, que durante siglos floreció en la zona del Mediterráneo. Los que toda la existencia se debatía entre dos dioses: el dios de la luz, la bondad y el espíritu,  generalmente asociado con Jesucristo y con el Dios del nuevo testamento; y el dios del mal, la oscuridad y los problemas, al que identificaban como Satán y con el Dios del antiguo testamento. Las doctrinas y practicas albigense parecía nocivas a los ojos de la iglesia romana respecto al matrimonio y otras instituciones de la sociedad y, tras los más débiles esfuerzos de sus predecesores, el Papa Inocencio III ante el poder que iba tomando la doctrina albigense, organizó una cruzada contra esta comunidad. Promulgó una legislación punitiva contra sus componentes y envió predicadores la zona. Sin embargo los diversos intentos destinados a someter el movimiento albigense no estuvieron bien coordinados y fueron relativamente ineficaces, lo que motivó a la curia romana a crear nuevos mecanismos más efectivos con los que reprimir el avance herético.

Como resultado de las posibilidades barajadas surge un ente represor que sería denominado Inquisición. Esta en sí no se constituyó hasta 1231, mediante los estatutos Excommunicamus del Papa Gregorio IX. Con ellos el Papa redujo la responsabilidad de los obispos en materia de ortodoxia, sometió a los inquisidores bajo la jurisdicción del pontificado, y estableció severos castigos. El cargo de inquisidor fue confiado casi en exclusiva a los franciscanos más a los dominicos, a causa de su mejor preparación teológica y a su supuesto rechazo a las ambiciones mundanas. Al poner bajo dirección pontificia la persecución de los herejes, Gregorio IX actuaba en parte movido por el miedo a que Federico II, emperador del Sacro Imperio Romano, tomara la iniciativa y la utilizara con objetivos políticos. Restringida en principio a Alemania y Aragón, la nueva institución entró inmediatamente en vigor en el conjunto de la iglesia católica, aunque no funcionara por entero o lo hiciera forma muy limitada en muchas regiones de Europa.

Dos inquisidores con la misma autoridad-nombrados directamente por el Papa-eran los responsables de cada tribunal, con la ayuda de asistentes, notarios, policía y asesores. Los inquisidores era figuras que disponían de importantes potestades, porque podían excomulgar incluso a príncipes. En estas circunstancias sorprende que los inquisidores tuvieran fama de justos y misericordiosos entre sus contemporáneos. Sin embargo, algunos de ellos fueron acusados de crueldad y otros abusos.

Los procedimientos de actuación de los inquisidores eran simples, se establecían por un periodo definido que duraba semanas o meses en alguna plaza central de la ciudad villa o pueblo que querían inquirir, desde donde promulgaban órdenes solicitando que todo culpable de herejía se presentara por propia iniciativa. Los Inquisidores podían entablar pleito contra cualquier persona sospechosa. Durante un periodo de un mes poco más o menos, el Tribunal estaba abierto a aquellos que deseaban hacer confesión voluntaria de sus delitos, en estos casos, el Tribunal era mucho más benévolo con los inculpados, por el contrario, era mucho

más rígido con aquello contra los que tenía en forma de proceso. Si los inquisidores decidían procesar a un sospechoso de herejía, el prelado del lugar donde habitaba el sospechoso publicaba el requerimiento judicial. La policía inquisitorial buscaba a aquellos que se negaban a obedecer los requerimientos, y no se les concedía derecho de asilo. Los acusados recibían una declaración de cargos contra ellos. Durante algunos años se ocultó el nombre de los acusadores, pero este instrumento era aprovechado para dar salida a venganzas,   odios y envidia entre vecinos, por ello el Papa Bonifacio VIII abrogó esta práctica. Los acusados estaban obligados bajo juramento a responder de todos los cargos que existían contra ellos, convirtiéndose así en sus propios acusadores, bastaba el testimonio de dos testigos para asegurar la culpabilidad.

Alarmada la iglesia católica por el auge que iba tomando la difusión del protestantismo y por su penetración en Italia,  Pablo III hizo caso a reformadores como el cardenal Juan Pedro Carafa y estableció en Roma la Congregación de la Inquisición, conocida también como Inquisición romana y el Santo Oficio. Carafa con cinco cardenales más constituyeron la comisión original, cuyos poderes se ampliaron a toda la iglesia. El Santo Oficio surgió como una institución nueva vinculada a la Inquisición medieval sólo por vagos precedentes. Más autónoma del estamento episcopal que su predecesora concibió también sus funciones de forma diferente. Mientras la Inquisición medieval se había centrado en las herejías que ocasionaban desórdenes públicos, el Santo Oficio se preocupó de la ortodoxia de índoles más académica y, sobre todo, las que aparecían en escritos de teólogos y eclesiásticos destacados.

Los 12 primeros años de las actividades de la Inquisición romana fueron modestas, hasta que Carafa fue elevado a la silla pontificia como Pablo IV en 1555. A partir de ese momento se emprendió una persecución de sospechosos, incluidos cardenales y obispos, entre ellos al cardenal inglés Reginal Pole. Se confeccionó el primer listado de libros que atentaban contra la moral o la fe  católica según los preceptos de la iglesia romana, formando el Índice de Libros Prohibidos, preludio de la quema de miles de bibliotecas en los países de influencia católica.

La Inquisición española medieval se fundó con el beneplácito papal en 1478, según solicitud del rey Fernando V de Aragón y la reina Isabel I de Castilla, los denominados Reyes Católicos. Esta Inquisición se iba a ocupar principalmente del problema que suponía para las pretensiones de hegemonía del naciente imperio castellano aragonés, la presencia en determinada zonas de la Península ibérica de los llamados marranos, los judíos que por coerción o por presión social se habían convertido al cristianismo; después de 1502 centró atención en los conversos del mismo tipo del Islam, y en la década de 1520 a los sospechosos de apoyar las tesis del protestantismo. A los pocos años de la fundación de la Inquisición española, los reyes católicos consiguieron que el papado renunciara en la práctica a la supervisión de la mismas, dejándola en manos de los monarcas españoles para desgracia de la humanidad, pues pasó a ser un instrumento en manos del Estado servido por la iglesia española.

La iglesia española, en franca connivencia con el Estado, fue la encargada de dirigir la Inquisición mediante el Consejo de la Suprema Inquisición, pero sus procedimientos fueron similares a los de su réplica medieval. Con el tiempo se convirtió en un tema popular, en especial en las zonas protestantes, por su crueldad y oscurantismo, aunque sus métodos fueran similares a los de otros países, el apoyo recibido especialmente del monarca español Felipe II, hizo que tuvieran una mayor organización y por consiguiente un mayor impacto en su religión.

Uno de los mayores monstruos gestados por la religión católica lo fue sin duda el gran Inquisidor Tomás de Torquemada, nacido en Valladolid en 1420, que ingresó muy joven en la orden de los dominicos. En 1452 ya era prior del monasterio de Santa Cruz en Segovia y, desde 1474, confesor de los Reyes católicos, Isabel y Fernando.

En 1483, por recomendación de la genocida Isabel I de Castilla fue designado Inquisidor general de Castilla y en 1487 designado Gran Inquisidor para toda España por el Papa Inocencio VIII. Convencido de que los falsos conversos y tibios católicos eran capaces de destruir la iglesia y al Estado, utilizó la Inquisición durante los 11 años siguientes para investigar y castigar a los marranos, moros,  apostatas y otros a una escala sin precedentes. Cerca de dos mil personas fueron quemadas vivas en la hoguera durante el mandato del piadoso Torquemada. Tras un intento infructuoso en 1812, la humanidad se vio por fin libre de tan criminal institución en 1843. Desde entonces, los pueblos de influencia hispana han vivido lejos de la sombra asesina del Yahweh de los judeocristianos.

Las colonias de España sufrieron en mayor medida las atrocidades de la Inquisición, entre ellas una de las más sufridas lo fue sin duda alguna las Islas Canarias. De ello se encargó en un principio el insigne Bartolomé López Tribaldos, quien fue comisionado en 1504 por el inquisidor general, el Arzobispo de  Sevilla Frai Diego Deza, quien enterado de que en las Islas Canarias abundaban moriscos, portugueses conversos, judíos, negros idólatras y indígenas mal convertidos, despertó en él el deseo ardiente de extirpar la herejía en estas islas.

De los múltiples autos de fe celebrados en las Islas Canarias, y recogidos por el historiador Don Agustín Millares Torres en su obra Historia de la Inquisición en las Islas Canarias, entresacamos algunos ejemplos de las causas por las que eran juzgados nuestros antepasados por esta benemérita institución, siempre en interés de la salvación de las almas de los reos, pues los cuerpos como elemento material carecían de importancia, y por tanto, no importaba el descuartizarlos como reses en manos de un tablajero. Por otra parte, el interés mostrado por el santo tribunal de la inquisición hacía los bienes personales de los inculpados, los cuales eran inmediatamente embargados en cuanto se iniciaban los procesos, lo eran para alimentar el cuerpo de los reos mientras permanecían en las cárceles secretas del santo tribunal y cubrir los gastos del proceso. Si quedaba algún remanente era para cubrir las multas y penas pecuniarias a favor de la santa inquisición. Pero cuando las causas eran consideradas leves, los reos eran puestos en libertad con una “bondadosa” reprimenda (de cien a trescientos latigazos) pero sus bienes se quedaban en el santo oficio.

Veamos algunos ejemplos de las actuaciones del tribunal de la inquisición instalado en Winiwuada n Tamarant (Las Palmas de Gran Canaria.)  Ya desde su instalación comenzó las islas a sentir sus piadosos rigores. Según consta en documentos, en 1507 hubo dos reos reconciliados, cuyos sambenitos se colocaron en la Iglesia catedral de Guiniguada (Las Palmas). “Llamábase el primero Juan de Ler, natural de Portugal, y vecino de Tenerife, que fue condenado por seguir la ley de Moises; y el segundo, Ana Rodríguez, natural de Canaria, juzgada por hechicera, y enseñadora de hechizos con misión de cosas sagradas (Sacerdotisa Maguada).

Estas reconciliaciones cuando no tenían lugar en actos públicos de fé, se hacían en la Catedral a la hora de misa mayor, donde asistía el reo de rodillas, con las insignias propias de su delito, soga vela o coroza, teniendo allí lugar la ceremonia de la reconciliación.

La formula que se empleaba para este solemne acto, y que debía repetirse en voz alta por el reconciliado era así: Yo Juan de Ler, vecino de Tenerife, que aquí estoy presente ante vuesas mercedes como Inquisidores Apostólicos, que son, contra la herética pravedad y

apostasía en estas Islas y su Partido, por la autoridad apostólica y ordinaria, puesta ante mí esta señal de la cruz y de los Sacrosantos Evangelios, que con mis manos corporalmente toco, reconociendo la verdadera católica y apostólica fe, abjuro, detesto y anatematizo toda especie de herejía y apostasía, que se levante contra la Santa fe católica y ley evangélica de nuestro Redentor, y Salvador Jesucristo, y contra la Sede apostólica y Iglesia Romana, especialmente aquella que yo como malo he caído, y tengo confesado ante vuesas mercedes, que aquí públicamente se me ha leído, y de que he sido acusado; y juro y prometo de tener y guardar siempre aquella Santa Fe, que tiene, guarda y enseña la Santa madre Iglesia, y que seré siempre obediente a nuestro Señor el Papa y a sus sucesores, que canónicamente sucedieren en la Santa Silla Apostólica, y a sus determinaciones. Y confieso, que todos aquellos que contra esta Santa fe católica vinieren, son dignos de condenación; y prometo de nunca me juntar con ellos, y que cuanto en mi fuere los perseguiré, y la herejías que de ellos supiere las revelaré y notificaré a cualquier Inquisidor de la herética pravedad y Prelado de la Santa madre Iglesia, donde quier que me hallare, y juro y prometo que recibiré humildemente y con paciencia cualquier o cualesquier penitencia o penitencias, que me han sido o fueren impuestas, con todas mis fuerzas y poder, y las cumpliré en todo y por todo, sin ir ni venir contra ello, ni contra cosa alguna ni parte de ello. Y quiero y consiento y me place que si yo en algún tiempo, lo que Dios no quiera, fuere o viniere contra las cosas susodichas o contra cualquier cosa, o parte de ellas, que en tal caso sea habido y tenido por impenitente relapso, y me someto a la corrección y severidad de los Sacros cánones para que en mí, como persona culpada del dicho delito de herejía, sean ejecutadas las censuras y penas en ellos contenidas, y desde ahora por entonces, y desde entonces por ahora consiento que aquellas que me sean dadas y ejecutadas en mi, y las hayas de sufrir, cuando quier que algo se me probare haber quebrantado de lo susodicho por mi abjurado. Y ruego al presente notario que me lo de por testimonio, y a los presentes que sean de ello testigos. Esta declaración era ratificada al día siguiente por el reo ante los Inquisidores, con la advertencia de que, “si torna a caer en alguna herejía, incurre en pena de relapso, y sin ninguna misericordia será relajado a brazo seglar,” es decir, quemado vivo en pública hoguera.”

RESUMEN DEL PRIMER AUTO DE FE EN WUINIWUADA (LAS PALMAS)

INQUISICION I



“A principios de febrero de 1526, recorría las calles de la muy noble Ciudad del Real de Las Palmas, una lujosa comitiva a caballo, con trompetas y atambores, pregonando en sus plazas principales, que el muy magnifico Sr. D. Martín Jiménez, Inquisidor apostólico del Obispado de Canarias, celebraría auto público de fe en la plaza mayor, el 24 de aquel mismo mes y año, para mayor honra y gloria de nuestra Santa fe católica.

Acompañaban la procesión, algunos de los nobles conquistadores de la Isla, con el carácter de familiares, o de humildes servidores del Santo Oficio, empleo que disputaban todos con verdadero encarnizamiento, porque, para expedir éste título eran necesarias ciertas pruebas de nobleza, que no todos podían presentar.

Constituían el contingente para aquel auto los siguientes reos:

Álvaro González, cristiano nuevo de judío, natural de Castillo Blanco en Portugal, vecino de La Palma, zapatero; condenado a confiscación de sus bienes, y a ser relajado en persona por herege, heresiarca, predicador y enseñador de la ley de los judíos.

Mencia Baéz, mujer del anterior, cristiana nueva de judío, vecina de La Palma, confiscados sus bienes de veinte años atrás, y relajada en persona, por hereje, apóstata, y simulada confidente, heresiarca, fautora de herejes, predicadora y enseñadora de la mortífera ley de los judíos.

Silvestre González, hijo de los anteriores, igual condena por los mismos “delitos”, antes de ser quemado vivo se le había aplicado el tormento extraordinario, y se la había azotado públicamente por haberse perjurara do, y escapado de la cárcel.

Alonso Yanez, labrador, natural de Villavisiosa, y vecino de Tenerife; confiscados sus bienes, y relajado en persona, por hereje, apóstata de nuestra santa fe católica, y heresiarca,

Alonso y Constanza de la Garza, vecinos de La Palma, confiscados sus bienes y relajados en persona por herejes.

Maestre Diego Varela, cristiano nuevo de judío, vecino de Canaria de oficio cirujano, confiscados sus bienes, y relajado en persona, por hereje, apóstata, fautor de herejes, predicador y enseñador de la mortífera ley de los judíos, escarnecedor de nuestro redentor Jesucristo, de nuestra Santa fe católica, y de la Santa Iglesia.

Pedro González, verdugo de Las Palmas, cristiano nuevo de judío, natural de Ávila en Castilla, vecino de Canaria; confiscado sus bienes, y relajado en persona por hereje, heresiarca, y pertinaz enseñador de la ley de Moises.

Estas ocho personas debían ser quemadas vivas en pública hoguera, después de ser entregadas al brazo seglar, porque la Inquisición no se permitía hacerlo por si misma, tan grande era su caridad y misericordia.

A estos ocho condenados a muerte les acompañaban diez con hábitos de reconciliados, esto es , con coroza y sambenitos y cuyos nombres eran los siguientes:

Juan y Diego, moriscos esclavos, vecinos de Canarias.
Duarte González, zapatero, vecino de La Palma, cristiano nuevo de judío.
Francisco, morisco, esclavo de Juan de Maluenda.
Francisco, morisco, esclavo de Diego de Herrera.
Hector Méndez, cristiano nuevo de judío, natural de Portugal.
Hernán Rodríguez, curtidor, natural de Sevilla, por la ley de Moises.
Juan, cristiano nuevo de moro, esclavo de Soleto, vecino de Canaria.
Juan Castellano, labrador, natural de Génova, por hereje.
Ana González, mujer de Pedro Hernández, vecina de la Breña en La Palma, por la ley de Moises.
A los que hay que añadir:
Fernando Jayan, labrador, vecino de La Palma, que fue penitenciado por blasfemo.
Alonso Hernández, notario eclesiástico, y contador de la Casa de cuentas del Cabildo, natural de Sevilla, penitenciado por falsario y blasfemo, y condenado a pasear las calles en un asno, con mordaza y coroza, confiscado la mitad de sus bienes y desterrado de la isla”

SEGUNDO AUTO DE FE: 

INQUISISCION II



En este segundo auto de fe, llevado a efecto el día 4 de junio de 1530,  se asemejaba al anterior en cuanto al boato y parafernalia, destacaban en el estrado de los reos: “ seis estatuas de cartón, representado a seis esclavos de Berbería, quienes después de haber sido cautivado y reducidos a servidumbre, se les había catequizado y recibido en el gremio de la Iglesia; pero que, no contentos al parecer con su nueva vida, ni con la religión que se les había impuesto, se decidieron a volver a sus desiertos arenales, y continuar allí sus diarias oblaciones.

Para realizar su proyecto, se apoderaron de una barca surta en el puerto de las Isletas, y se embarcaron, perdiéndose en la travesía, y pereciendo todos ahogados según resulta de su proceso.

Más, no por haber muerto escaparon los moriscos de las llamas inquisitoriales. Para esos casos se había establecido una jurisprudencia, que no tenía precedentes en ningún Tribunal. La estatua del condenado salía al auto, vestida con las insignias que les correspondían, y era entregada a la justicia, para ser quemada en lugar del reo. Desahogo que sería ridículo si no encerrara en sí tan sangrienta venganza.

Los seis esclavos tenían los nombres siguientes:
Francisco y Alonso, esclavos de Alonso Pérez. Francisco, esclavo del Licenciado Francisco Pérez de Espinosa. Hernando, esclavo de Pedro Gomez Tamborino. Andrés, esclavo de Mari Calva; y Manuel, esclavo de Cubas, alguacil de Telde.

Con estos reos estaba también otro llamado Juan de Tarifa, quien no pudo escaparse de la cárcel de la inquisición, este sujeto no viendo medios de escaparse y no queriendo sufrir la pena que le aguardaba decidió ahorrarle trabajo a los inquisidores ahorcándose en la celda. Vana ilusión la de tratar de escapar de la saña de los Inquisidores, sus huesos permanecieron en depósito en espera del fallo de su proceso, se mandó que fuese relajado, su cadáver encerrado en un ataúd fue entregado también al brazo seglar, y consumido por la hoguera, en compañía de su estatua. En la sentencia se previno que sus vienes fuesen confiscados de cuarenta años atrás; y sus hijos por la línea masculina, hasta el segundo grado y por la femenina hasta el primero inclusive, declarados inhábiles, y privados de oficio. En el mismo auto fueron admitidas a reconciliación las personas siguientes:

María Hernández, hija de Marcos, cristiana nueva de judío, vecina de La Palma.
Pedro Martín, cristiano nuevo de moro, vecino de  Galdar, esclavo de Diego Díaz, mercader.
Pedro, cristiano nuevo de morisco, esclavo de Antonio de Franqui, y vecino de Tenerife. Y penitenciadas las siguientes:

María, vecina de la isla de Tenerife, en La Laguna, a quien se dio tormento, y declaró ser judaizante. Pedro Hernández, de la misma vecindad, que abjuró de vehementi por varias y graves palabras hereticales. Juan, cristiano nuevo de moro, vecino de Telde. Bartolomé Pérez, también cristiano nuevo de moro. Pedrianez, herrero, vecinos éstos últimos de Canaria.”

TERCER AUTO DE FE:

INQUSICION III



          
          “Es verdad que las conversiones, después del tormento y el azote, y ante la amenaza del fuego, no eran en sí mismas muy edificantes; pero de todos modos, la mala semilla se arrancaba; y los reconciliados, condenados todos a penas infamantes, inhábiles para ejercer toda clases de oficios, despojados de sus bienes, desterrados o encerrados por toda la vida en inmundos calabozos, no podían pervertir con su ejemplo a los buenos católicos. El tercer auto se dispuso y tubo lugar, el sábado 23 de Mayo de 1534, en la misma plaza mayor de Santa Ana, y delante de la Iglesia Catedral, en un hermoso tablado, que se levantó con ese objeto.

El contingente de los relapsos lo suministró la secta judaica, aunque con la pequeña diferencia, de que la Inquisición sólo pudo quemar sus estatuas. Los nombres de estos nuevos herejes eran:

Duarte González, conocido por Francisco Ramos, zapatero, vecino de La Palma, y cristiano nuevo de judío.Duarte Pérez, de la misma vecindad y por la misma causa. Ambos fueron relajados al brazo seglar, y quemadas sus estatuas, con las accesorias de confiscación de bienes, e inhabilitación perpetua a sus descendientes.


Los reconciliados eran en mayor número véase la lista:

Andrés, esclavo de Bernardino Justiniani, vecino de Tenerife.
Antón, esclavo de Hernando de Jerez, vecino de Canaria.
Ana de Salazar, vecina de Lanzarote.
Ana, de la misma vecindad.
Alonso de Lugo o de la Seda, vecino de Lanzarote.
Alonso, esclavo de Pedro de Cabrera, vecino de Lanzarote.
Antonio, esclavo de Ruiz Leme, vecino de Lanzarote.
Diego, esclavo de Luis de Alarcón, Dean de Canarias.
Diego Alonso o Muca, vecino de Lanzarote.
Francisco, esclavo del pertiguero Andrés de Medina, vecino de Canaria.
Felipe, indio, esclavo de  Francisco Sanchez de los Palacios, vecino de Canaria.
Francisco Bujama o Ortega, vecino de Lanzarote.
Gonzalo Baez, vecino de Gáldar.
Jorge, esclavo de Juan Hernández, cerrajero, vecino de Canaria.
Juan de Alfaro, esclavo del Licenciado Alfaro, vecino de Tenerife.
Juan de Palomares, esclavo de Diego Felipe, vecino de Lanzarote.
Juan, negro, esclavo de Adán Acedo, vecino de Gáldar.
Juana, mujer de Juan Jansen, vecina de Lanzarote.
Luis Deniz de Salazar, por otro nombre Alí Bojador, vecino de Lanzarote.
Luis Perdomo, vecino de Lanzarote.
Luis, esclavo de Juan Perdomo, vecino de Lanzarote.
Pedro Berrugo, o sea Pedro Cabrera, vecino de Lanzarote.
Pedro, esclavo de Luis Perdomo, vecino de Lanzarote.
Pedro, negro esclavo, del mismo Juan Perdomo y de la propia vecindad.

Estos fueron los veintisiete reos, que según la relación que se conserva de este auto, se presentaron en él a sufrir las penas a que fueron condenados.”

Es significativo el hecho de los reos que practicaban profesiones liberales y artesanales, salieran siempre ante los Inquisidores peor parados que los esclavos, ello estaba motivado por dos circunstancias fácilmente comprensibles. Los artesanos al ser dueños de su trabajo, podían acumular bienes y gozar de parte de la propiedad de la tierra, pues no era infrecuente que estos artesanos y trabajadores libres simultaneasen sus profesiones con el cuidado de tierras de su propiedad, por lo que generalmente constituían un bocado apetecido por los Inquisidores. Por el contrario, los esclavos al carecer de bienes propios constituían un trabajo poco gratificante económicamente para el Tribunal del Santo Oficio, y además recibían las presiones de los dueños, quienes se preocupaban del destino que la inquisición pudiera deparar a sus esclavos culpados, no tanto por la salvación de sus almas, como por el quebranto económico que suponía la pérdida de los mismos, así, los amos cuidaban de sus esclavos con la misma solicitud con que un labriego cuida de su yunta de bueyes.

CUARTO AUTO DE FE

INQUISICION IV



A los veintitrés año del tercer auto de fe, es decir en 1557, el inquisidor Luis Padilla, estimó que ya era tiempo de ofrecer a la sociedad canaria un espectáculo inquisitorial para solaz de las buenas almas católicas, apostólica y romanas. En esta ocasión, los misericordiosos inquisidores ofrecieron diecisiete relapsos de los cuales quince eran moriscos. El gran disgusto del Inquisidor Luis Padilla se lo proporcionó el hecho de no poder ofrecer a los verdaderos fieles el espectáculo de un hereje quemado vivo en la hoguera.

“Los diecisiete relapsos habían encontrado medio de escapar, sólo quedaba el recurso de quemar su efigie, en estatua. Recurso elocuente, pero ineficaz, para infundir un saludable espanto en las almas.

Sea como fuere, el viejo Inquisidor no quiso demorar por más tiempo la piadosa ceremonia, y en el dicho año de 1557, celebró con el ceremonial que ya hemos sucintamente descrito, un nuevo auto de fe, en el que aparecieron las estatuas de los diecisiete relajados, cuyos nombres, según resulta de la relación de sus causas, y de sus Sambenitos, son los que a continuación copiamos:

Agustín Hernández, guanche, vecino de Tenerife.
Andrés Suárez, morisco, vecino de Canaria.
Francisco Martín, morisco, natural de Canaria.
Juan Pacheco, morisco, natural de Canaria.
Hernando de Betancort, natural de Canaria.
Juan Pacheco, morisco, natural de Canaria.
Juan de Lugo, morisco, natural de Canaria.
Juan Bautista, morisco, natural de Canaria.
Juan de Casañas, morisco, Garbunzero,  natural de Canaria.
Juan, morisco, criado de Carrasco, vecino de Canaria.
Juan Berriel, morisco, vecino de Canaria.
Julián Cornielis Vandik, flamenco, vecino de La Palma.
Luis Hernández, morisco, vedino de Canaria.
Pedro Tejina, de Gáldar, morisco, vecino de Canaria.
Miguel de Vergara, morisco, vecino de Canaria.
Pedro Borrero, morisco, vecino de Canaria.
Pedro de Salinas, morisco, vecino de Canaria.

Todos estos reos fueron condenados, según decía su sentencia, por sectarios de Mahoma, excepto el flamenco, que lo fue por la herejía de Lutero; y como no estaban presentes, sus estatuas se entregaron al brazo seglar, para que arrojadas en la hoguera, las consumiese el fuego.

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