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viernes, 16 de octubre de 2015

Otra falacia histórica colonial: La supuesta Victoria de Acentejo

CRÍMENES DE LESA HUMANIDAD COMETIDOS EN CANARIAS (XII)

INVASIÓN, SAQUEO Y OCUPACIÓN DE LA ISLA CHINECH – TENERIFE (VII)


 

La supuesta Victoria de Acentejo


“Una mentira mil veces repetida se transforma en una verdad”
Joseph Goebbels. 


Chaurero n Eguwerew

En ocasiones no es fácil para un catolico creyente fervoroso rayando en el fanatismo, aún cuando este creyente esté dotado de cierta capacidad intelectual, el asumir que su dios no siempre actúa conforme a sus deseos y rogativas, experimentando quizás en sus fuero más interno cierta sensación de sentirse estafado, especialmente cuando estando auto convencido de  que su causa es la única justa, creyendo interpretar los deseos de un dios del cual además se auto titula representante, aunque como es natural no medie una designación directa de la divinidad. Es por ello, que el creyente-fanático no puede asumir que sus deseos y propósitos se puedan ver truncados por un grupo de para él despreciables infieles. Es probable que estos sentimientos perturbaran el espíritu del dominico fray Alonso de Espinosa, voluntariamente atribuido a la virgen de Candelaria. Estas indagaciones y su desmesurada imaginación le condujeron a ser huéspedes de la “santa” Inquisición en Tamaránt por querer hacerse pasar por miembro de tan “santo” tribunal.
 
Cuando el buen dominico recogió la información de la batalla de Acentejo, donde perecieron más de dos mil cristianos a manos de los tabores de infieles guanches, su ego de cristiano y andaluz se negaría a aceptar que su dios les sometiera a prueba tan dura.
 
Quizás, sobreponiéndose a su decepción, decidió salvar el “honor” de aquellos cristianos invasores esclavistas creando una leyenda, materia en la que, además, eran expertos en su orden. Así, de la imaginativa mente del fraile surge el mito de la supuesta segunda batalla de Acentejo. Como es sabido, los mitos son relatos que pretenden dar modelos de actuación. Los mitos se imponen como relatos llenos de autoridad pero sin justificación; se apela, emotivamente, a que las cosas han sido así. Mito este de la segunda batalla que fue seguido y sostenido por cronistas e historiadores posteriores, que han antepuesto una visión bucólica poética a la vez que revanchista de la creación literaria de Espinosa, a un análisis crítico del mito en cuestión, porque  cuanto más viejo es un mito, más solera tiene y más a gusto se consume. El creyente apenas se para a pensar en todas las fantasías que se hayan podido añadir durante los siglos en que estuvo vigente.  En la dimensión espiritual del hombre pesa más la tradición que la lógica más sensata. Y cuanto más fantasioso es un mito, más atractivo resulta. 
 
Pero antes de continuar con la invención del fraile con el mito de la supuesta segunda batalla de Acentejo, permítame el posible lector que reproduzca dos artículos tomados de la obra de Espinosa, Historia de la Virgen de Candelaria, uno relativo a las “procesiones  angelicales” y el otro de los “milagros” de la virgen de Candelaria. Hay que tener en cuenta que el fraile no nos está hablando de manera poética o figurada, son afirmaciones rotundas y, según él, incuestionables:

“De las procesiones que en aquellos tiempos hacían los ángeles por la playa de Candelaria"

Aunque, estando la santa imagen de Candelaria en Chinguaro en la casa del rey de Güímar, o en la cuevecita junto a ella, donde muchos años estuvo, habían los naturales guan­ches oído muchas veces armonía del cielo y músicas celes­tiales,[1] y visto muchas lumbres encendidas a modo de proce­sión, no eran tan ordinarias como lo fueron después que pa­saron la santa reliquia a la cueva de San Blas.

Que como ya los guanches tenían más opinión y cono­cimiento de quién ella era, así ella obraba más a menudo cosas, con que los confirmaba en su opinión y los atraía a su devoción.

Eran las procesiones que los ángeles hacían así por la playa, donde la santa imagen estaba, como por la del Soco­rro, donde apareció, muy ordinarias, así de noche como de día, con mucha solemnidad, gran armonía y música de voces suavísimas, con muchedumbre de compañía que, con velas encendidas, puestas en orden y concierto, hacían su proceión, desde la ermita que llaman de Santiago hasta la cueva de San Blas, por toda la playa, que es larga; y esto era tan ordinario, que ya no lo extrañaban los naturales.
 
En la playa que dicen de Abona, que será cuatro leguas désta de Candelaria, hacia la Montaña Roja, se veían también ordinariamente estas procesiones, principalmente por la fies­ta de la Asunción de Nuestra Señora; y esto es tanta verdad, que ahora, en estos tiempos, personas que las han visto se van a la dicha playa y hallan velas de cera acabadas de apa­gar, y algunos las han hallado encendidas y pegadas a los riscos y me enseñaron el lugar y yo lo vide. Y así en esta pla­ya, como en la de Candelaria, se halla por la orilla de la mar gran cantidad de gotas de cera que de las procesiones que los ángeles hacen en honra de la Candelaria gotean, y yo doy fe que las he hallado y visto, y las tengo en mi poder, y oído a oíros muchos lo propio.
 
Las candelas o velas que en estas playas se hallan, no son muy blancas, mas el pabilo no se deja entender de qué sea, porque ni es estopa ni algodón, antes en alguna mane­ra parece de seda blanca torcida. Lo que toca a estas proce­siones, que después acá que la isla es de cristianos, se han visto, adelante, cuando tratemos de los milagros, se hará mención dellas más particular. (Espinosa, 1980:64-66)
 
“De cómo Nuestra Señora de Candelaria libró un navío que iba para Indias de sus enemigos:

Son tantos los milagros que esta Señora hace por los mareantes, que de solos ellos se pudiera hacer larga historia. Y de éstos son patentes indicios los muchos cabos y maro­mas de que las paredes de la iglesia están adornadas; que navegando navíos con grandes tempestades y llamando a Nuestra Señora de Candelaria, han sido por ella socorridos visiblemente, viéndola en el mástil mayor o en la popa de los navíos. Y de muchos que se cuentan y refieren diré al­gunos que he averiguado y comprobado.

Viniendo de España para Indias un navío de españoles con próspero viento, en el golfo de las Yeguas, que es cerca de estas islas de Canarias, toparon un navío francés, que les vino siguiendo tres días y tres noches; al cabo de los cuales habiéndoles ganado el barlovento, vino un martes en la tar­de a ponérseles a tiro de cañón. Y como los españoles venían sin armas ofensivas ni defensivas, y el enemigo hecho un reloj, perdiendo la esperanza de escapar de sus manos, a persuasión del maestro del navío, que tenía noticias de los milagros que Nuestra Señora hace por los que se le enco­miendan y en sus necesidades la invocan, con fe se enco­mendaron todos a esta Señora, prometiendo de ir en romería a su bendita casa.
 
El navío francés les comenzó a bombardear. Estando ya casi barloado con ellos, espantable caso: todas las bombas que daban en el navío español, como si ellas fueran de cera y el navío de bronce o metal, resurgían hechas pasta, sin ha­cer daño alguno; y muchas balas, así de los esmeriles y pie­zas que tiraban como de los mosquetes y escopetas, daban a los hombres en los pechos y otras partes, y caían a sus pies sin hacerles daño alguno. Y en particular dio una bala a los del navío español a uno en la muñeca del brazo, donde traía unas cuentas de reumas, y quebrándole una de ellas, no le hizo otro mal.
 
Viendo, pues, los del navío tan manifiesto milagro, die­ron voces a Nuestra Señora de Candelaria y volvieron sobre el navío francés, para barloar con él. Más los franceses cobra­ron tanto temor y miedo que, no osando esperar a los que tenían rendidos y acobardados, dieron a huir por el espacio­so mar, quedando los españoles libres y vencedores; desde donde vinieron al puerto de Santa Cruz, para venir a dar gra­cias a quien les había librado tan patentemente y con tanta honra.
 
Sucedió un admirable caso en este mismo día y en esta misma hora en que aconteció este milagro, que no permitió esta Señora que los religiosos que en su casa la sirven, ni los romeros que en ella estaban, que eran muchos, quedasen en ayunos de este consuelo y milagro; porque a prima noche oyeron todos tocarse las campanillas del coro que se suelen tañer al alzar; y esto por gran rato y espacio. Y yendo todos a ver lo que era (por ser cosa inusitada tocarse a aquellas horas), no hallaron persona alguna que tocarles pudiese. Y en­trando en la iglesia, estaba tan clara como si fuera a medio día. Y luego entendieron todos denotar aquello algún mila­gro que la Reina de los ángeles entonces hubiese hecho; y así notaron el día y la hora. Y de hoy a ocho días vinieron diez y nueve hombres del navío arriba dicho descalzos y en romería, uno de los cuales era don Gabriel de Montalvo, que con muchas lágrimas contaron todo lo sucedido. Este milagro está comprobado.” (Espinosa, 1980:164-166)
 
Y así,  ¡hasta cincuenta y seis “milagros” más! Juzgue el posible lector por sí mismo, pues bien, “fundamentados” documentos como los presentes han sido seguidos ciegamente por determinados intelectuales con patente de corso en la Historia de Canarias, creando una especie de “bola de nieve” en torno a determinados pasajes de nuestra historial colonial hasta el punto que es difícil dilucidar que contienen de verdad y cuanto de montaje mal intencionado, pero eso sí, desde un óptica  “culta” es decir, colonial.
 
El abogado e investigador canario Antonio Cubillo Ferreira, en un interesante artículo relacionado con la supuesta segunda batalla de Acentejo y haciéndose eco de una  investigación sobre el tema realizada por el historiador Eduardo Espinosa de los Monteros y Moas nos dice:

“Mi estimado amigo, ya fallecido, natural de Ycod de los Vinos, Eduardo Espinosa de los Monteros y Moas, después de muchos años de investigación y análisis de textos antiguos de la conquista y las datas notariales, escribió un magnífico opúsculo con él títuló de “El real de Ycoden y el postrero de la conquista”, en el cual, con todo lujo de detalles, se analizan los hechos históricos y documentos para demostrar que nunca existió esa “victoria de Asentejo”, inventada por los españoles. El montaje histórico, nos dice Eduardo, surge de una invención fabricada por el monje dominico fray Alonso de Espinosa”, y continúa el Sr. Cubillo: “dice, que después de la batalla de Aguere marchó Alonso de Lugo con el ejército a La Orotava, sin que los guanches se opusieran a su acción, “hasta assentar su real en el lugar del que se denominó Realejo en el término de Taoro”, y que desde aquí hicieron correrías las tropas conquistadoras hasta que los guanches presentaron la batalla en un lugar de Acentejo cercano al otro donde había sido la primera, siendo vencidos y muertos la mayor parte de ellos y cantada la victoria por sus enemigos después de haber peleado la mayor parte del día. Según el fraile dominico, los guanches desplegaron sus tropas ante las de los españoles, provocando el combate en campo abierto, en el mismo sitio donde los habían derrotado en Asentejo. Esto no es un hecho real sino una historia fabricada por el fraile. 

El historiador icodense da una cita del monje que dice: “Marchó su campo la vía de la Orotava, con mejor suceso que la vez primera, sin hallar mucha resistencia, aunque alguna, hasta asentar su real en el lugar que se denominó Realejo”. Eso quiere decir que no hubo ninguna acción bélica entre Aguere y Taoro.”

La historiografía y las fuentes archivísticas canarias nos trasmite interesantes y pormenorizados detalles de batallas y escaramuzas sostenidas entre los invasores europeos y nuestros ancestros. Por ejemplo, la batalla de Ofra donde Maldonado y Saavedra perdieron 200 mercenarios muertos en el combate; Acentejo donde murieron más de 2.000 milites, la batalla de Aguere favorable a los invasores, escaramuzas como la de Las Pañuelas, Abikure en Anaga, las de Icod, Adeje etc. No es comprensible que la supuesta segunda batalla de Acentejo, con la magnitud que le atribuye el frayle Espinosa y sus seguidores,  no haya dejado mas huella documental que el relato-ficción del dominico.

Interesado en esta cuestión, he indagado en las fuentes por si pudiera existir algún resquicio que pudiera dar algún viso de credibilidad al relato de Espinosa, pero mi esfuerzo resultó inútil en tal sentido.
 
Isabel Fuentes Rebollo  (1501-1510)=        168 documentos.
Datas de Tenerife, libros I al IV =              1884        “
Datas de Tenerife libro V =                          146        “
Antonio Rumeu de Armas =                          50        “
Eduardo Azanar Vallejo  (1476-1515) =    1203       “
Eduardo Aznar Et. Al.  (1518-1525)  =       658        “
             
Total documentos consultados =               4.109.
 
Todos estos documentos correspondientes al archivo principal de la Corona de Castilla, el de Simancas y en una de sus secciones más interesantes el Registro General del Sello (exceptuado las Datas), han sido reproducidos íntegramente o extractados por autores de reconocida solvencia académica. En ninguno de ellos se hace la menor referencia a la supuesta segunda batalla de Acentejo. Hecho que de haber tenido lugar, tal como nos los presentan determinados elucubradores, es prácticamente imposible que no estuviese reflejado en las fuentes documentales. Antonio Cedeño, militi que vino a la conquista de Tanaránt con Juan Rejón y que participó en la invasión de Chinech, escribió una crónica de la conquista Breve resumen e historia muy verdadera de la conquista de Canaria, no recoge la supuesta segunda batalla de Acentejo. Otro criollo e historiador, el médico Tomás Marín de Cubas, no hace mención a dicha batalla.
 
Curiosamente, este supuesto hecho de armas tampoco es mencionado por los dos cronistas españoles mejor informados de la época, Bernáldez y el Cura de los Palacios.
 
Desde mi punto de vista, lo que el fraile transformó en una batalla, fue una de las tantas correrías que habitualmente realizaban los invasores para la captura de esclavos o ganados, recogida por transmisión oral, la que dio pie a Espinosa para urdir su hiperbólica segunda batalla de Acentejo: 
 
“…Iba en van­guardia de esta expedición el mismo Lope Fer­nández de la Guerra , quien, deseoso de penetrar en el famoso distrito, se adelantó solo hasta el lugar donde está hoy el caserío de Santa Úr­sula; pero, al llegar allí, le salieron de impro­viso al encuentro y le acometieron, dando horroro­sos silbos, veinte guanches que estaban en ace­cho tras unos matorrales.
 
Como el sitio no era favorable para la de­fensa, retrocedió Lope, saliendo a escape sobre su caballo hasta que, entrando en un llano donde podía manejar sus armas, retrocedió, y hacien­do frente a los isleños que de cerca le perseguían, mató seis con su lanza, ahuyentando a los demás, entre los cuales quedó uno prisionero bajo los pies del caballo”. (A. Millares Torres)
 
En este encuentro murió luchando valientemente Badamoheí, infante de la casa real de Tacoronte.
 
Entre  las Datas de repartimiento de las tierras usurpadas, existe una que considero de interés por los datos que aporta, un pino con seguridad el Pino Santo de la actual Victoria, un barranco primero como vamos a La Laguna, actual Barranco de Cabrera, por consiguiente las tierras concedidas a Juan Benítez por esta data forman parte de  los municipios de La Matanza y La Victoria:

1.356-26.—Juan Benítez. Como a v° e conquistador q. fuistes destas islas y por los muchos trabajos q. en estas conquistas hovistes os do., un pedazo de tas. de s. q. son en Asentejo para sembrar pan, las cuales dhas. tas. habéis de echar la linde desde un pino q. está “en hante de la ranbla honda estuvimos el día del desbarato de Asentejo” y ha de venir la linde dende aquel pino atravesando fasta un barranco primero como vamos a La Laguna y dende este linde hasta la montaña, os do las dhas. tas. q. han por linderos la rambla honda hasta la montaña y de la otra parte de abajo está dha. linde y del otro lado el barranquillo suso dende están unos barecos como vamos a La Laguna y de la otra parte de arriba la montaña. Digo q. vos do 250 f. 10-111-1502.

Si en dicho término hubiese tenido lugar la pretendida segunda batalla de Acentejo, es lógico y dado la especial idiosincrasia de los invasores que en lugar de recoger en el documento como referencia del lugar la expresión “estuvimos el día del desbarato de Asentejo”, con toda seguridad hubiesen empleado la de: “estuvimos el día del desbarato de los guanches”, terminología más apropiada de haber existido tal batalla y recogida documentalmente para eventos similares.

En cuanto al topónimo La Victoria de Acentejo, es cuando menos lamentable que organismos oficiales se presten de manera consiente a un continuo ejercicio de pleitesía en su acepción como capitulación, rendición, sometimiento a los poderes coloniales, y que además se encuentran cómodos con la situación heredada, siendo incapaces de indagar en los fundamentos históricos de su  existencia.

Uno no puede dejar de sentir vergüenza ajena cuando lee textos como el siguiente:

“La Victoria de Acentejo es uno de los pueblos más notables en la historia de Canarias.

Debe su nombre al grito de ¡Victoria! que dieron los castellanos en la batalla que les otorgó la Conquista de la isla de Tenerife el 25 de diciembre de 1495. En honor a este hecho se celebró una misa junto al Pino, que pervive como símbolo del municipio y se   prometió levantar una ermita en el lugar donde hoy se alza el templo parroquial, lo que inició el asentamiento de los primeros pobladores.”

En ocasiones los lugares toman el nombre de determinados hechos notables ocurridos en los mismos, que permanecen en la memoria de los coetáneos y es trasmitida a las sucesivas generaciones lo cual acaba siendo reflejado en la documentación de cada momento, bien por normativas administrativas, testamentos, documentos de compra-venta etc.
 
Un de las fuentes más fiables, por la proximidad a los hechos de la invasión de la isla, son las datas o cédulas de repartimiento de las tierras usurpadas, en este caso las relativas al Achimenceyato de Acentejo.
 
De las 53 datas de repartimiento fechadas entre 1497 y 1522, que recogen el topónimo Acentejo, ninguna de ellas menciona a La Victoria de Acentejo, prueba evidente de que en el lugar no se produjo ningún acontecimiento con la suficiente entidad como para que fuese conservado por la memoria popular o por decisión de los estamentos gobernante, en cambio el topónimo La Matanza de Acentejo está recogido en cinco de ellas y documentado desde 1497, para una mayor inteligencia del posible lector reproducimos dichas datas:
 
22.—Juan Rodrigues de Gamonales en mi nonbre y nonbre de Miguel de Plasencia suplico a V. M. q. por quanto avernos fama de servir a V. M. y ser vs.... unas tas. q. están dondescendiendo la Matanca de Acentejo la primera rambla fasta la otra de los Charcos q. alinda con Baeca y sus compañeros e por quanto no es mucho para nosotros suplicamos a V. M. nos la mande firmar q. en esto ganará V. M. vassallos y será servicio a Dios. 30-VIII-1491 (?).
 
662-3.—Diego Mancanufyo. «Yo Alonso de Lugo, governador de las islas de Tenerife y San Miguel de la Palma, do a vos D. M. unas tas. q. son sobre el ruoque junto con las montañetas de la Matanca y fasta las cuevas questán en barranco de la Matanca y las cuevas questán sobre el roque y otras q. son mías y de Juan Delgado questán en el barranco de Fanfan cerca de la ta. de Ygoymad porq. así q. vos las do vos do este alvalá firmado de mi nombre fecho xx días de mes de otubre de xc y siete años y estas cuevas questán sobre el roque son para mí y Pero García. Dénsele 3 c. de senbradura donde demanda. Alonso de Lugo». 20-X-1497. [Tras­lado adjunto, de J. López de Acoca, escribano mayor].

818-60.—Rodrigo Yanes. Tas. para q. son en Agentejo abajo de la Matanca pasando el charco del agua aliende de un ba­rranco seco, en el mismo lomo donde ya vos he dado otro peda­zo de tas., demás de lo dado os hago merced de otras 5 c. Le da 3 c. 27-111-1503.

1.242-25.—Fernando Días, v°. Un pedazo de ta. monte q. es en Acentejo, abajo de La Matanca, linderos el barranco y tas. de Pedro de Agreda y de la otra parte la montaña y malpaís, la cual ta. va por el lomo abajo hasta la mar, en q. puede haber 3 c. para sembrar. 6-VI-1509.

712-63.—Pedro Vizcaíno. «Beso las manos de V. M. a la cual plega saber en como en las Matancas están unas cuevas mías q. V. M. me mandó dar y un pedazo de ta. cabe las cuevas». Le sean dadas las tas. y cuevas. Alonso de Lugo. S. f.
Por otra parte, el Cabildo de los colonos en su sesión de 25 de julio 1508 dispone los lugares donde han de tener lugar la mesta, situándola de esta manera:

“Están de la Punta haza en todos los términos de Taoro y hirán a hazer mesta al avchón del Rey al Ryo quando se apregonare que será el lunes prime­ro que vyene, so pena de dc mrs. para el reparo de los caminos desta ysla; e los que están de la Matanza a este cabo, hasta el arroyo de Guavonje, que se entiende donde mataren a Sordillán, quando los llamaren vayan todos a fazer su mesta a la cruz que es camino de Taoro; e los que están desde el arroyo hasta todo el término de Tegueste vayan con sus ganados a hazer mesta al arroyo del agua de Tegueste, al Paso Baxo; e los otros que están en todo el término de Anaga se junten para quando los llamaren en el arroyo que está a la cabezada de todo el arroyo de Tegueste; e los que están en Heneto se junten en Taco, en la montaña, para hazer mesta; e todos los otros ganados que sean en todo el término de Guymar con la montaña se junten todos a las Syete Huentes del señor Governador, e que ninguna persona non sea osado de dexar de mesta ninguna res, so pena que el que se le provare qe lo demandarán por de hurto e sy fuere guanche que le serán dados cientaçotes.” (Acuerdos Cabildo de Tenerife, 1508, fol. 8v.)

Este texto nos indica que en la época el término de La Matanza abarcaba toda la comarca de Acentejo con los mismos límites del achimenceyato del mismo nombre que en tiempos de la invasión estaba gobernado por Chimenchia-Tinguaro, hermano del gran Kebehi Benchomo. Dicho territorio lo ocupa los actuales municipios de La Matanza , La Victoria y Santa Úrsula, poblaciones estas dos últimas que en aquellos momentos no debían ser significativas puesto que no son reseñadas en la documentación  de aquel tiempo.

No es comprensible, según las tácticas militares de la época, que los invasores pusieran en marcha todo su ejército de mercenarios en pleno apogeo de la estación invernal, y mucho menos que después de haber obtenido la supuesta victoria nada menos que sobre 5.000 guanches, según algunos sesudos historiadores, dieran contra marcha regresando al campamento de Añazu, en lugar de ocupar el apetecido menceyato de Tahoro.

La realidad es que por esas fechas las tropas invasoras estaban acuarteladas invernando en Añazu y con graves problemas de mantenimientos, por lo que de vez en cuando algunos destacamentos hacían cabalgadas a la rapiña de ganado, mientras tanto, dejaban que la epidemia de modorra hiciera sus estragos y, posiblemente reenvenenando los acuíferos. Así estuvieron hasta la primavera del año siguiente, por finales de mayo recibieron un buque con ayuda del duque de Medinasidionia, no fue hasta el mes de julio de 1496 que las tropas se pusieron en marcha hacía Taoro sin gran resistencia por parte de los guanches porque, tal como recoge Marín de Cubas: “estaban todos enfermos, cayéndose a sus pies, allí había grandes cantidades de cuerpos, unos cerca del agua muertos, otros emparedados en cuevas y paredones a modo de hornillos, y todo era horroroso, y entrado de la cuaresma no aparecía un hombre vivo por todos aquellos campos y sierras”. (Marín de Cubas, [1694] 1993: 196)
 


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