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martes, 27 de octubre de 2015

De Innana a Venus, el culto a la Diosa Madre a través de los siglos




El poema de Gilgamesh, una de las obras magnas de la mitología sumeria, así como uno de sus poemas mejor conocidos, hace referencia en muchos de sus epígrafes a la existencia de una diosa cuya ira y celos desencadenarían la desgracia del protagonista de la narración. Nos referimos, por supuesto, a la diosa conocida en el mundo sumerio como Innana que, como consecuencia de su desamor por Gilgamesh, se nos muestra en esta obra literaria como una deidad vengativa y belicista, que no responde sin embargo con su principal atribución como diosa del amor y la fertilidad.

 Pronto su culto mostraría una rápida extensión, fruto del contacto del pueblo sumerio con otros pueblos orientales. Si en los inicios de las cosmogonía mesopotámica la Diosa era considerada únicamente como la Diosa del amor y la fertilidad, pronto su puesta en contacto con los pueblos semíticos alteró su personalidad, de modo que en el mundo sumerio, por ejemplo, Innana no sólo era considerada el reflejo del amor, sino también como promotora de la guerra y así mismo se la erigió como la protectora de la ciudad de Uruk.
De forma temprana el sincretismo religioso actuará sobre su figura, pues a la llegada de los acadios se absorbe y adapta su culto bajo el nombre de Ishtar. Tan fuertes serán las mutuas influencias en el plano espiritual de estos pueblos que ya para el tercer milenio a.C. resultará imposible hablar de Ishtar sin referirnos así mismo a la Diosa Innana, a pesar de las claras diferencias que en sus personalidades pueden observarse. Aún más tarde, los contactos entre los pueblos orientales producirán nuevos sincretismos, de modo que la amorosa Innana se convertirá, no sólo en la belicosa Ishtar, sino también en la Astarté fenicia y en las grecorromanas Afrodita y Venus, hallando incluso reflejos en las creencias hebreas, donde responderá al nombre de Astaroth. Su figura beberá así de todos los pueblos acerca de los que recibe influencia y tomará un carácter donde primará, por encima de todo, su sed de poder y una tendencia justiciera (aunque paradójicamente, raras veces justa) que anhela el equilibrio de la naturaleza y la humanidad, un concepto que si bien por lo general no despierta muchas atenciones en el ámbito más occidental de su veneración, tendrá una profunda influencia en la zona de Siria.
También en la cultura babilónica se la relacionará con el amor, la guerra y la fertilidad, asociando a ella la práctica de un culto que incluye, entre otros rasgos, la realización de una serie de actividades dentro de los templos dedicados a la deidad generalmente descritas como ‹‹prostitución sagrada››, para cuya naturaleza, sin embargo, no se han puesto de acuerdo los principales especialistas en la materia, distinguiéndose así dos grandes grupos de estudiosos con visiones opuestas. En el primero de los grupos contamos, de una parte, con aquellos especialistas que confirman la realización de este tipo de actividades y, en segundo lugar, tenemos el grupo conformado por aquellos analistas que consideran que el único testimonio que garantiza la autenticidad de dichas prácticas es el dejado por los autores grecolatinos, cuya documentación en lo que respecta al tratamiento de los pueblos del Próximo Oriente tiende, por lo general, a mostrar cierta ambigüedad y se dirige asimismo a una exageración que busca atribuir a dichos pueblos un carácter peyorativo. Mientras, dentro del panorama arqueológico no ha surgido aún muestra material que confirme o desmienta dicha hipótesis.
Sea como fuere, a este respecto, en general, la deidad femenina de los mil nombres suele ser representada y comprendida como una suerte de Diosa Madre, muy vinculada a la naturaleza, la fertilidad y la pureza de las aguas, y cuyo culto se extenderá rápidamente por el Oriente Medio, donde recibirá una serie de títulos honoríficos que comprenden, entre otros, el de Reina del Cielo y Señora de la Tierra. 
Su asimilación por parte del pueblo fenicio, con todas sus variantes, pronto desembocaría en la concepción de un nuevo tipo de diosa, conocida por ellos como Astarté, cuya representación bebe a partes iguales de su dedicación al amor y el placer carnal y, minoritariamente, de su vinculación con el mundo bélico, mostrándose en sus representaciones como una mujer desnuda o bien cubierta sucintamente por suaves vestiduras, que lo mismo aparece acompañada por bailes y procesiones que por símbolos de poder como esfinges o leones. No será extraño asimismo, encontrar en sus templos y lugares de culo grupos de ajuares y ofrendas dedicados a ella, entre los que se incluyen depósitos de armas y otros atributos que se relacionan con el mundo de la guerra, como miniaturas de carros o representaciones de équidos.
Pronto la expansión comercial fenicia, a la que hemos hecho referencia ya en entregas anteriores de esta revista, comienza a mover a lo largo y ancho del Mediterráneo no sólo materiales de valor puramente económico, sino también una serie de técnicas, comportamientos y creencias cuyo ámbito sagrado se filtrará paulatinamente dentro de los pueblos contactados hasta echar profundas raíces. Aparecerán así, objetos que han sido tradicionalmente vinculados con las ofrendas a la diosa, incluyéndose entre ellos piezas destacadas como los thyniateria (quemadores de incienso), pebeteros y otros objetos en los que comienzan a aparecer con una cierta asiduidad los símbolos de la diosa: figuras aladas, seres mitológicos como esfinges y grifos, leones y aves, que se extenderán hacia la zona occidental del Mediterráneo, afianzándose así fuertemente el culto de la diosa Madre, que se vinculará además en las zonas costeras a la navegación y la protección de los marinos y que se fijará de forma especial en el mundo ibérico, donde su carácter bélico se maximizará. Aquí se adaptará a las características de una sociedad en la que la heroicidad y el manejo de las espadas eran entendidos como elementos de prestigio.
La rápida extensión de su culto, así como su recia fijación en el seno de la religiosidad de las culturas más occidentales, han dejado múltiples testimonios arqueológicos en toda la región mediterránea. Los pebeteros mencionados más arriba se harán sumamente comunes y cada vez más complejos, apareciendo en ellos una decoración con forma de cabeza femenina, cuyo éxito en zonas como Coimbra del Barranco Ancho (Jumilla, Murcia) se hará tan notable que pronto dichas piezas comenzarán a fabricarse en serie mediante el uso de moldes.
De igual modo encontramos en la Península otros objetos arqueológicos que nos remiten a su culto: la aparición de las grandes Damas, con sus elaborados atavíos y sus ajuares armamentísticos no hacen sino remitirnos nuevamente a la asimilación de un culto que se transforma bajo las propias creencias de las poblaciones ibéricas.
Sin embargo, estas piezas no serán las únicas: han sido hallados numerosos testimonios relacionados con su veneración en lugares como Ebla, Mari, Alalah, Ugarit, Nippur o Emar; e incluso en Egipto, donde el culto de la Diosa Ishtar se ha vinculado al de Shaushga.
Esta amplia extensión de la adoración a la diosa trajo consigo, sin embargo, una concepción localista de la misma; esto es, tomará diversas personalidades y rasgos acentuados en función de las distintas culturas sobre las que su culto influye. Encontraremos de ese modo, una personalidad compleja y cambiante, cuya influencia en diversas regiones llevará a la acentuación de unos rasgos específicos: se distinguirán así varias zonas de influencia, donde la imagen de diosa justiciera, su vinculación a la salud, al mundo animal o a la veneración de cuerpos celestes como el Sol y Venus (entendidos respectivamente como las estrellas de la mañana y de la noche, un culto que sin embargo desaparecería antes de la mitad del tercer milenio a. C.) destacarán sobre los demás. Asimismo, su ligazón con el mundo de la guerra desencadenará concepciones distintas, como hemos visto, desarrollándose vertientes radicalmente opuestas y distinguiéndose así claramente la región egipcia, donde se destaca fundamentalmente este aspecto y se la relaciona con la presencia de carros y caballos y, en segundo lugar, con el mundo fenicio, donde son escasas las referencias arqueológicas dedicadas al carácter guerrero de la Diosa.
En conclusión, podemos hablar de la veneración dedicada a una diosa cambiante y compleja, cuyas características relacionadas con el ámbito de la fecundidad, la pureza y el amor llegan a quedar totalmente eclipsadas por su vertiente más oscura y fatalista.
Una Diosa Madre cuyo amor y odio a partes iguales estimulan el equilibrio del mundo con el hombre y viceversa, pero cuyas pasiones traen a menudo la desdicha de aquellos que se entrometen en su camino al poder o que rechazan sus favores, tal como ocurre en el caso concreto de Gilgamesh, que comentábamos al comienzo de esta entrega.
Esta imagen bella y terrible no ha de extrañarnos, pues constituye una constante en la representación de la mujer dentro de las religiones del momento, en la que se odia y ama al mismo tiempo y trata de prevenirse al género masculino acerca de sus virtudes y defectos. Constituye indudablemente una tendencia paradójica pero habitual, que sobrevivirá al paso de los siglos y milenios en el culto de los pueblos en torno al Mediterráneo. 
Tomado de:
file:///C:/Documents%20and%20Settings/Edu/Escritorio/De%20Innana%20a%20Venus,%20el%20culto%20a%20la%20diosa%20Madre%20a%20trav%C3%A9s%20de%20los%20siglos%20-%20temporamagazine.com.htm
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